En olor de santidad

Cuatro Papas, dos ya Santos, Reyes, Príncipes, altos gobernantes, cardenales (150), obispos (700) y modestos sacerdotes, religiosas y fieles llegados de todo el mundo. Las palomas blancas vuelan de nuevo sobre la plaza de San Pedro del Vaticano, una vez que los cuervos negros, diablos alados, de la corrupción, las luchas ‘curianas’ de poder y la pederastia parecen expulsados del cielo de Roma con el sacrificio y la renuncia del Papa Benedicto XVI en pos del blanqueo de sucios sepulcros donde se ocultaron y pecados capitales que vienen de lejos y sobrevivieron al mandato del hoy San Juan Pablo II (cuando el entonces cardenal Ratzinger ocupaba la responsabilidad del Santo Oficio).

Pero al final ha sido el jesuita Papa Francisco, -quien dice no ser de derechas- el que ha expulsado a los mercaderes del templo y quien, para compensar los errores del Papa polaco, decidió elevar a los altares de la suprema Santidad a San Juan XXIII, a pesar de no tener dos reconocidos milagros en su haber, pero a sabiendas que este fue un Papa más cercano al mundo real y ‘conciliar’.

En realidad, hacer santos a los Papas, que previamente fueron los elegidos por el Espíritu Santo, es una redundancia. Eso, como el valor de los generales, se les supone, va con el rango o el cargo. Santos lo que se dice santos de la Iglesia Católica son Teresa de Calcuta o el padre Vicente Ferrer, por poner dos ejemplos. Pero luego en la Iglesia de Roma y en el marco o al margen de otras religiones existe una legión de santos desconocidos que van por el mundo curando heridas y ofreciendo esperanzas y consuelo a los desamparados de la mayor parte de la Humanidad. Santos ignotos que, a buen seguro, están mucho más cerca de la santidad oficial que los Papas ahora canonizados, lo que por otra parte no es nada de extrañar.

En todo caso, allí estaban los Reyes de España (país aconfesional, según la Constitución) don Juan Carlos I y doña Sofía -ella con la mantilla y peineta blancas del privilegio vaticano, en la compañía de esos otros tres santos ‘inocentes’ que son los ministros García-Margallo (democristiano), Fernández Díaz (Opus Dei) y Ruiz Gallardón (un pecador y reciente converso con su ley del aborto) que fueron a Roma a rezar, en la compañía de sus respectivas, y ellas sí, santas esposas, para que Rajoy no los cese del Gobierno en la crisis que fuerza el relevo de Cañete y que tanto se hace de rogar a la espera de que el Espíritu Santo se pose sobre la cabeza de Mariano Rajoy e ilumine su decisión.

Los rezos y la decisiones del Papa Francisco, maestro de cetrería en la labor de ahuyentar los cuervos de la plaza de Pedro, parece que tienen como objetivo ‘pacificar’ los duelos soterrados entre los sectores más progresistas y más conservadores de la Curia con vistas a la gran reforma, el nuevo Concilio ‘in péctore’ con que el Papa porteño pretende coronar su papado. Un impulso en pos de la modernización y actualización de la Iglesia donde subyacen como grandes desafíos la igualdad de la mujer y el matrimonio de los sacerdotes -para homologarlos a los Apóstoles-, amén de los retos de la pobreza (la teoría de la liberación), la sexualidad, los modernos negocios de las ‘indulgencias’ para la salvación de los ricos y el reencuentro ecuménico con el resto de la cristiandad.

De momento, el Papa Francisco ha puesto un punto y aparte con la doble canonización y con ello y las reformas llevadas a cabo en el seno del Vaticano -donde habita en lujosa mansión el cardenal Bertone- se abre un tiempo y puede que preconciliar la que será su prueba de fuego y puede, que años más tarde y como en el caso de San Juan XIII, la causa de su futura canonización.