Rajoy en Doñana

¿Quién era ese misterioso personaje, alto como los flamencos del Coto Doñana, con bermudas color crema y una guayabera blanca, tocado con un jipijapa y echando humo como una locomotora que se paseaba por las orillas del Atlántico junto a la desembocadura del río Guadalquivir? Pues sí, era Mariano Rajoy meditabundo y relajado, saboreando un Cohiba y sonriendo muy satisfecho con la cabalgada de Bale que sancionó la apasionante final de la Copa del Rey, donde Artur Mas salió trasquilado de su viaje a Valencia del que pensó que regresaría a Barcelona como triunfador.

Mariano se asombra de los colores rosados de las zancudas del Coto, de los patos azulones, de los silenciosos desfiles de ciervos, del criadero de linces, de los revolcones en el barro de los jabalíes y de los saltos plateados de los delfines que bordean las aguas de Sanlúcar en dirección a Palos de la Frontera, el pueblo onubense de donde zarpó Cristóbal Colón hacia ese nuevo mundo donde se habla y se escribe en castellano con viveza y con primor, como lo ha demostrado García Márquez a lo largo de su vida.

Mariano es gallego y de esa diletante condición presume para así justificar sus miedos, dudas y escasa capacidad de decisión. Le ha costado Dios y ayuda nombrar a Cañete candidato europeo del PP y le entran los siete males de las siete plagas de Egipto de tan solo pensar que tiene que abrir el melón del Gobierno para nombrar un nuevo ministro o ministra de Agricultura.

Y eso que Mariano sabe muy bien que le sobran otros seis o siete ministros de su gobierno de amiguetes empezando por Gallardón, al que está quemando a fuego lento a base de consentirle hacer su reforma involutiva y antidemocrática de la Justicia, que luego el presidente, capítulo por capítulo, va guardando en un cajón con el argumento de que eso no ayuda en campaña electoral, lo que deja al ministro de Justicia en la peor situación. Como inquieta está la condesa Aguirre tras su fuga en coche por el centro de Madrid, se dice que temerosa de que los ‘guindillas’ del tráfico le hicieran la prueba del alcohol.

Si por él fuera, Rajoy se quedaría a vivir en Doñana lo que queda de la legislatura y no se movería de allí y menos en helicóptero, aparato al que le tiene la mayor prevención desde que ya se cayó una vez sobre la plaza de toros de Valdemoro en compañía de la condesa de Bombay y de donde salió demudado y convencido de que en esos aparatos no se volvería a subir.

La tarde se va echando, los flamencos levantan el vuelo todos a la vez, el sol se mete en el agua, suena el móvil -es Soraya que está nerviosa con lo de la crisis del Gobierno-, enciende otro habano, vuelve a sonar el teléfono -esta vez es Arriola que por encargo de Arenas le dice al presidente que hay que meter al sevillano en el Ejecutivo para reforzar el ala política-, luego llama Margallo para contarle lo de Ucrania y su más reciente conversación con Duran Lleida. Y, al final, el presidente apaga el dichoso transmisor y se sienta a la orilla del agua a meditar sobre la inmensidad azul del océano y lo mal que en España las cosas están.

‘Al final -se dice así mismo Rajoy- nos va a salvar François Hollande, porque mamá Merkel no quiere saber nada con los cerditos del Sur, pero si Francia es la que se tambalea como ya parece la teutona no tendrá más remedio que abrir la caja fuerte del BCE y eso nos salvará’. Y eso le consuela y le convence al presidente de que lo mejor es no hacer nada y esperar. El tiempo lo arregla todo, para bien o para mal.