Reportero de fortuna y la mirada de Soraya

Decía nuestro amigo y confeccionador de diarios de papel, de esos que ya no quedan, blandiendo el tipómetro por la redacción que “las noticias están en los bares”, y es verdad. Hay que salir a la calle, llueva, nieve o queme el sol, y tomar el pulso a la gente que son los protagonistas de la actualidad. Y así, recordando a Anciones, que era pintor y hacía apuntes del toreo en San Isidro, -ahora desde el paraíso terrenal- Marcello se nos fue a la Carrera de San Jerónimo a cubrir la información del sepelio de Adolfo Suárez en su despedida del Congreso de los Diputados, en un día en el que hizo un frío pelón que le ha dejado la garganta ronca, como la de un cantaor.

Eso sí, presto a hacer información escrita, más la gráfica (en fotos y video) que para eso le echó este año Papa Noel en Nueva York un iPhone. Y porque en los medios digitales de Internet andamos escasos de Redacción y todos tienen que hacer un poco de todo. Y claro Marcello, también, porque no iba a ser una excepción. Algo que desprecian y no entienden algunos chulos de la prensa gráfica de las cámaras de tv y de los superobjetivos de las Nikon, que andan en plan matones y diciendo a sus compañeros con desprecio como le dijeron a Marcello: “¡Oye, tú, el plumilla del móvil, quítate de ahí!, ¿Qué pasa, qué estás haciendo fotos para el twitter de tu pueblo?”.

Marcello, que tiene en estas lides más tiros dados que la bandera de Nápoles y que hace ya cerca de cuarenta años que empezó a hacer información en el Congreso de los Diputados, ni se inmutó. Además, había cogido buen sitio mañanero frente a la puerta del Congreso y esperó el inicio del cortejo, mientras intentó adivinar cuál de los dos melenudos felinos de bronce era el león y cual la leona (porque son pareja aunque no lo parezca). Y así aguantó la mañanita con paciencia y medio muerto de frío, hasta el inicio de la ceremonia y la llegada del batallón de los tres ejércitos que por fin rindieron honores a Suárez. Además de una compañía de la Guardia Civil, que vuelve a estar de actualidad en España como lo estuvo en el 23-F, aunque por causas de otras cuantías.

Pero viendo los tricornios acharolados y los caballos negros que tiraban del armón de artillería donde luego se depositó el féretro de Adolfo Suárez, a Marcello le vino a la memoria el romance de García Lorca a la Guardia Civil Española. El que empieza así y al que vamos hacer alguna aportación que ustedes descubrirán: ‘Los caballos negros son./ Las herraduras son negras./ Sobre las capas relucen/ manchas de tinta y de cera./ Tienen, por eso no lloran, de goma las calaveras’.

En estas estábamos a la espera de la tan emocionante despedida cuando se abrieron las puertas doradas -más hermosas que las del Kremlin de Putin- y aparecieron los políticos para instalarse al pie de la escalinata, y en primera fila el Gobierno de España, mientras el presidente Rajoy marchaba solemne detrás del féretro. Una vez todos en su sitio, el cornetín dio las órdenes y empezó a sonar con profundidad y cadencia la Marcha Real, el himno español, a la vez que se inclinaba ante el féretro la bandera del batallón, ornada con su crespón negro y, la verdad, daban ganas de llorar.

Pero fue en ese instante cuando Marcello divisó al otro lado de la calzada a la vicepresidenta Soraya, abriendo la fila del Gabinete de Rajoy, de luto riguroso y en posición de firme bien hecha, no como Gallardón, que abre como un pato los pies. Y así, nuestro reportero de fortuna cruzó en el aire y la distancia una mirada con Soraya que le causó un cierto estupor. Porque vio en ella un rayo de furia, una mirada roja de loba herida, o de una mujer loba en las noches de luna llena.

Nada que ver con la otra Soraya encantadora y de apariencia democrática de su tiempo de la oposición. ‘Esta mujer’ (se dijo Marcello), se ha transformado a peor, la hermosa crisálida regresó al capullo, ha sufrido una profunda metamorfosis, el mal de altura del poder, ha sido invadida por los malos espíritus de la Moncloa y ni si quiera en la despedida de Suárez ha podido abandonar el rictus de la tensión. En ese momento, parecía echar por los ojos rayos y centellas como si pretendiera fulminar a otro director de la prensa nacional. Y Marcello pensó: Bieito debe de estar al caer en ABC (sobre todo después de la pasada catalana de Carrascal).

En fin, la mirada de Soraya nos sorprendió porque un poco antes habíamos visto y saludado a su jefa de gabinete, María Pico, muy guapa, sonriente, peinadísima, de traje negro Valentino, taconazos Louboutin y bolso de Prada (donde lleva el guantelete rojo para la estocada del amor) como si todo fuera sobre ruedas en los altos despachos del poder donde esta Matahari causa furor.

Y, como todavía era temprano y parecía que despuntaban unos rayos  de sol, Marcello pensó que sería un día triste pero amable hasta que se cruzó con la fiera mirada roja de Soraya, como si estuviera fulminando a su homónima la Soraya del PSOE en la sesión de control al Gobierno, o como si disfrutara viendo subir al cadalso de la política, de luto riguroso con y peineta y mantilla españolas, a María Dolores de Cospedal.

¿Qué le pasa a Soraya? se preguntaba Marcello para sus adentros, cuando la comitiva echó a andar y el perrillo la siguió haciendo sus fotos y tomando notas hasta la plaza de Cibeles donde el duelo se despidió con salvas de honor que rompieron el aire para que el cortejo volara hacia Ávila donde se dio cristiana sepultura al Duque de la Concordia ante el rostro impenetrable de Rajoy y la mirada aterrada de Aznar, momento en el que Adolfo Suárez, gloria de España, desapareció.