Felipe no le llega a los talones

Felipe González ha estado huido y escurridizo para no tener que valorar la persona y al político Adolfo Suárez. En realidad el expresidente del Gobierno y exlíder del PSOE no le llega a Suárez a la altura de los talones de sus zapatos ni como persona, ni como político y menos aún como gobernante. Lo que es peor, Felipe se siente acomplejado ante Suárez y probablemente le acompaña el remordimiento por lo mal que se portó con él en los últimos años y meses de su presidencia. A sabiendas, como seguramente sabe, que colaboró en su cese y puede incluso que con los promotores del golpe de Estado, directa o indirectamente, al pronunciarse en varias ocasiones -y en privado- a favor de un gobierno de unidad nacional presidido por un militar, como Armada claro está.

Así lo han subrayado recientemente notorios observadores y a la vez protagonistas de ese tiempo, como lo hizo en sus memorias el expresidente del Congreso de los Diputados Fernando Álvarez de Miranda, o el exdiputado andalucista, Alejandro Rojas Marcos.

Además, a Adolfo Suárez no le estallaron en las manos casos de la corrupción pública como los que arrecieron en los gobiernos de González (Juan Guerra, Filesa, Malesa, Time Export, BOE, Cruz Roja, Roldán, Mariano Rubio, espionajes telefónicos etc). Ni bajo el mandato de Suárez, y menos aún bajo sus órdenes, se organizó ningún terrorismo de Estado, ni le condenaron por terroristas a su ministro de Interior o a su Secretario de Estado de la Seguridad, Barrionuevo y Vera, a los que González acompañó y abrazó a las puertas de la cárcel de Guadalajara. Ni aceptó Suárez meternos en la OTAN, porque dividía a los españoles, ni invadió de muy mala manera el Poder Judicial como lo hizo González escenificando el entierro de Montesquieu, ni arrasó la libertad de expresión como sin duda ocurrió bajo el mandato de González, etcétera, etcétera.

Y ¿qué le vamos a contar de la jornada del golpe de Estado del 23-F en la que Felipe González, el líder de la izquierda y también de la Oposición, se tiró al suelo de su escaño mientras Adolfo Suárez se enfrentaba a Tejero, en compañía de Gutiérrez Mellado y mientras Santiago Carillo se quedaba sentado? En el entorno de Felipe se cuenta que su gesto de acatamiento del grito de ‘todos al suelo’ mientras los golpistas disparaban al techo del Congreso de los Diputados, es algo que lo tiene grabado en su memoria como un gravísimo error, por más que su reacción fuera muy humana.

Pero él era el político que presuntamente se había enfrentado al franquismo, el líder de la izquierda y la oposición. Y lo era esa tarde y noche, en la que algunos esperaban que el general Armada -con el que se había entrevistado en Lérida el dirigente del PSOE que se encargaba de asuntos militares, Enrique Múgica-, hiciera acto de presencia en el hemiciclo para proponer un gobierno nacional bajo su presidencia, lo que no ocurrió porque el golpista Tejero lo impidió.

Y todavía se ha atrevido Felipe González a declarar que Adolfo Suárez podría haber gestionado la transición mucho mejor. ¿Y él no pudo haber hecho las cosas mucho mejor de lo que las hizo en un tiempo mucho mas fácil y apacible que el que sufrió Suárez?

Quizás lo peor de Felipe, después del golpe de Estado, fue el no exigir que Suárez siguiera de presidente del Gobierno con el apoyo del PSOE, que es lo que debió de ocurrir uniendo a las fuerzas democráticas de entonces y como clara respuesta a los golpistas que intentaban destruir la democracia y las libertades.

Pero el compromiso democrático y progresista de Felipe ya se había relativizado y relajado al compartir los modelos de Willy Brandt y Olof Palme con Omar Torrijos y Carlos Andrés Pérez. Además en su galopada hacia el  ‘pragmatismo’ frente a los ideales democráticos y de progreso, González se encontró un inesperado aliado en Deng Tsiao Ping cuando el dirigente comunista chino le dijo en Pekin: ‘gato blanco, o gato negro, lo importante es que cace ratones’. Y como luego escribió Rafael Sánchez Ferlosio, González se convirtió en un ‘gatazo tontiastuto’ y cazador del poder que fue a por Suárez pero que, como demostrará la Historia de este país, se equivocó.

A la muerte de Suárez, Felipe González ha tenido la oportunidad de reconocer muchos de sus errores con Suárez y de rectificar las que fueron algunas de sus actitudes políticas, pero no ha querido hacerlo y sin duda ha perdido una excelente ocasión. Al final, en este país, el Presidente de la transición que mas méritos tenía fue el único que dimitió.