En el adiós a Suárez pocas luces y muchas sombras

Nos persigue en este país como maldición o imparable realidad el claroscuro de las aguafuertes de Goya, las luces de los duendes del toreo y el luto oficial de los caballeros de El Greco, el que de aniversario está, adornando todo ello de esa nuestra tragicómica hidalguía con la que dio la vuelta al mundo nuestro Don Quijote de la Mancha, lanceador de gigantes imaginarios y defensor de las causas perdidas en sabia compañía de su escudero Sancho Panza y para mayor gloria de doña Dulcinea del Toboso. Sangre y arena en el Ruedo Ibérico, y de un tiempo a esta parte más sombras que luces porque las cosas de España van bastante mal.

Las últimas noticias no son nada buenas y no solo por el drama insoluble del paro y las bolsas de pobreza del país sino por los problemas añadidos -mucho de ellos gratuitos- que se acumulan por doquier. En las alambradas acuchilladas de Ceuta y Melilla a las que se agarran heridos los desamparados de la tierra en pos de una presunta tierra prometida que no es ni sombra de lo que fue. En los juzgados se amontonan los escándalos de la corrupción. En la crisis económica que hace estragos a pesar del anuncio de los misteriosos brotes verdes que no acaban de brotar. En las calles y plazas de las ciudades que ahora se inundan de manifestaciones y de marchas reivindicativas como las multitudinarias de este sábado en Madrid. En las ramblas de Barcelona desde donde políticos de mala fe desafían al Estado. En el Palacio Real donde enfermo y abatido medita el Rey. Y, ¡cómo no! en ese misterioso palacio de la Moncloa y en los más altos sillones del poder del Gobierno y la Oposición donde no se atisban destellos de liderazgo sino más bien falta de capacidad de pacto, mientras unos y otros nos abren trincheras ideológicas que no vienen a cuento en la tesitura actual, ya sean sobre el aborto, la sanidad y la educación, las tumbas de la guerra civil, la religión o la unidad nacional.

Así andamos cuando nos llega la emocionante noticia del final de la vida de Adolfo Suárez camino de la puerta de la Historia donde le aguarda un destacado sitial, coincidiendo su despedida con este fin de Régimen y de la Transición que lideró con tanta audacia y un temple pocas veces visto en este país que tanto le debe a este castellano leal que nos trajo la reconciliación nacional, el inicio de la transición, la recuperación de la libertades, la Constitución, los pactos de la Moncloa y su ejemplo de dignidad, de pie ante el golpismo del 23-F en el Congreso de los Diputados, cuando decía al enloquecido Tejero: ¡soy el presidente del Gobierno de España!

Diríase que España vive un tiempo de orfandad de liderazgo y de escasez de talento, audacia y generosidad, facilitando la deriva de un rumbo incierto en contraste con el tiempo trepidante y nuevo que nos toca vivir y sobre el que hay que construir el presente y el futuro de la nación con nuevas normas de convivencia política, económica y social, porque agotado está el tiempo de la transición que ahora acompañará a Suárez en su definitiva marcha triunfal.