La España de Torrente y ‘Lo que era sólido’

Santiago Segura es un genio nacido para hacer reír y sus películas baten todos los récords en las taquillas del somnoliento y pésimo cine español. Pero vista su última genialidad, Torrente 5, nos da la impresión que al genio Segura se le han acabado las ideas y se ha escapado por el camino fácil de la guarrería sin límites, unida a su particular colección de cameos de famosos y a la ausencia de un guión o trama que aporte algo nuevo y a ser posible positivo para esta deprimida sociedad española, donde falla la política y donde no se ve por ningún lado un liderazgo social y moral.

Al final, Segura sigue la estela de la telebasura traída de Italia por ese Berlusconi al que acaban de expulsar de la política, y en las grandes cadenas se disputan los honores de la audiencia televisiva sobre la base de espantosas tertulias de juguetes rotos de la fama mas ruin -los Sálvame, y compañía-, muchos de los cuales han sido incorporados al elenco de Torrente -en su quinta edición ha fichado a Jesulín-, un personaje/detective de ficción que podría ser real, y causa furor entre jóvenes y los más mayores, aunque solo sea para hacer olvidar el desastre y desánimo que invade a nuestra sociedad.

Es verdad que el mejor representante de la marca de España es Rafael Nadal, deportista y persona ejemplar, en este país en el que hasta se rompe el avión oficial de la Fuerza Aérea que debía de llevar al Príncipe don Felipe a Brasil para promocionar a nuestro país. Y que finalmente quedó en tierra transmitiendo el mensaje de que el Príncipe no llega a Río de Janeiro porque no le funciona su avión oficial (sic).

Pero la España de Torrente no es, afortunadamente, la España real donde millones de personas se afanan en buscar trabajo, en crear y emprender negocios y empresas y en cultivar la Cultura, lo que no goza de ayuda ni de aprecio por parte del Gobierno actual que también ha metido las tijeras en ese segmento tan importante de la vida y la creatividad nacional. Desfallece la Cultura y son pocos los intelectuales y pensadores que en este tiempo levanten la voz, para empezar contra la corrupción y la manipulación judicial, o como hicieron algunos valientes en Cataluña contra los recortes de libertades y derechos democráticos, o en el País Vasco contra los terroristas y sus protectores.

Aunque hora es que esas voces heterodoxas e iconoclastas de los personas de prestigio de la Cultura, el pensamiento político y la intelectualidad de los distintos campos de la Sociedad, salgan de su letargo, se movilicen y se comprometan ante el conjunto de la ciudadanía y por encima de los partidos y de las ideologías. Hace ya unos años, aunque parece que fue ayer, esos intelectuales se paseaban con asombro entre las manifestaciones y sentadas de los indignados de la Puerta del Sol, los que se quedaron en flor de un día. Pero ni siquiera eso los movilizó porque muchos de ellos aún están anclados en la ideología, en los círculos de su partido e incluso en el cargo político o en la subvención.

Y ese vacío y ausencia de compromiso con España no lo llena nadie y mucho menos la saga de Torrente o la telebasura nacional. Ese vacío está ahí a la espera de un renacer o de una rebelión que de la cara sin complejos y con dignidad. El día de aquella Diada de 2012 en la que se impuso un cartelón que decía ‘España nos roba’ se escuchó en ruidoso silencio en el campo intelectual y de la Cultura, donde algunos creen que el nacionalismo tiene algo que ver con el progresismo, lo que absolutamente una falsedad. Al contrario el nacionalismo está en contra de la democracia, de la libertad y de la solidaridad.

Entonces ¿por qué callan? Pues porque muchos de ellos todavía no se han enterado de lo que de verdad pasó en la Transición, ese cuento de color de rosa que  habrá que reescribir alguna vez para desmitificar tópicos y las mentiras que han creado un espejismo que se ha desvanecido de pronto y sin que nadie sepa el por qué. Aunque la explicación es mucho más sencilla de lo que algunos se imaginan. Por ejemplo el libro de Muñoz Molina sobre ‘Lo que era sólido’ incluye un error garrafal que el autor no supo detectar: da por hecho que España es una Democracia, lo que no es verdad y lo que explica todo lo demás. Muñoz Molina debió encaminar su reflexión con otro titular: ‘Lo que parecía sólido’.