Los leones del Congreso, regresan a su pedestal

Ya están donde solían, con el bronce brillante y reluciente, los dos leones que hacen guardia desafiantes en la puerta del Congreso de los Diputados, ahora que parece que se acaban las obras para la rehabilitación de la Cámara. Las que tanto han dado que hablar por la escalada en su frontispicio de los jóvenes de Greenpeace, o por las goteras en el techo del hemiciclo y la eliminación de una parte del rastro que dejaron los disparos de los golpistas del 23-F. Parece, por fin, que todo vuelve poco a poco a la normalidad en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo de Madrid, una vez que los leones están al acecho y montan la guardia con aires desafiantes.

Los fieros felinos se llaman Daoiz y Velarde, en recuerdo de los héroes del 2 de Mayo en Madrid, aunque antes lucieron nombres de divinidades griegas, Hipoménedes y Atalanta, de ahí la notoria diferencia de sexo entre ambos que se aprecia en las esculturas. Las que puede que un día de estos abandonen sus pedestales y entren rugiendo en el hemiciclo para comerse, sin piedad, a más de uno de los políticos que se sientan en los primeros bancos, el azul del Gobierno -Wert como aperitivo no estaría nada mal, y Sorayita sería como una perita en dulce-, y de la oposición -ahí se llevan la palma Rubalcaba y Valenciano-, a ver si la Cámara despierta y se dedica a lo que se tiene que dedicar, que es a debatir, sin trampas, la enorme crisis nacional española.

No en vano el Congreso se ha convertido en una maquina casi automática para la convalidación de los decretos ley del Gobierno de Rajoy, que se fabrican como churros desde el Palacio de La Moncloa. De comisiones de investigación de la corrupción nada de nada, de la crisis de la Corona nada, del desafío catalán nada de nada, de la crisis institucional menos, de reforma a fondo de la Constitución, ni tocarla. El Congreso parece vivir al margen de los grandes debates nacionales y en este tiempo de dificultades no ha abordado grandes reformas y menos aún las que tienen que ver con el gasto político o la clase política.

Las cuestiones de fondo o de calado discurren en secreto y van de las sedes de los grandes partidos de Génova y Ferraz, a los más notorios palacios, como Moncloa y Zarzuela, o pasan discretas por otros salones del alto poder financiero, ciertas embajadas, etc.

Y el argumento de esta discreción siempre es el mismo: la razón de Estado. La ‘chica para todo’ que sirve de gran excusa para no discutir ni acordar en público lo que los grandes del poder pactan y se reparten en privado -lo decíamos ayer en ‘Los pasadizos del poder’-, no vaya a ser que se le vea la peana al santo.

Si el Congreso -el Senado ‘multilingüe’ no sirve para nada al no tener capacidad legislativa- no se convierte en caja de resonancia del país y la libertad de palabra y de debate improvisado -debería prohibirse el uso de papeles en la tribuna, durante las sesiones de control al Gobierno- y de la máxima actualidad no funciona, entonces el Parlamento se nos presenta como un simple trámite. O como un apéndice más de la Administración, y por supuesto al servicio del poder Ejecutivo, porque en España la pretendida separación de poderes no existe como tal, aunque aparentemente estén separadas las funciones.

Basta asomarse un rato a la Asamblea francesa, a la Cámara de los Comunes británica o darse una vuelta por el Capitolio de Washington para entender lo que es un Parlamento y lo que no lo es. Fieros y relucientes están, otra vez, Daoiz y Velarde, los dos leones del Congreso de los Diputados que, dicho está, un día de estos deberían de entrar en el hemiciclo para animar el debate e inquietar a esa clase política, que tan alejada está de la sociedad y de los grandes discursos políticos que el Congreso guarda en sus archivos cuando en sus escaños se sentaban filósofos, escritores, artistas, profesionales del primer nivel y políticos de gran altura, los que pronunciaban importantes discursos políticos. Por ejemplo sobre España, algo sobre lo que al día de hoy nadie es capaz de hablar con todas sus consecuencias y diciendo la verdad.