El Congreso se divierte, y Gallardón palidece
No estamos en Viena en los albores del siglo XIX ni el Príncipe de Metternich tiene en la política española parangón alguno que llegue a los tobillos de tan sabio estadista y mejor estratega. Pero el título de esta vieja y encantadora película (Erik Charell 1931) nos conviene para describir el circo en el que se está convirtiendo el Congreso de los Diputados. En teoría la ‘sede de la soberanía popular’ pero en la práctica una simple Cámara de refrendos de los decretos leyes que, como churros, fabrica semanalmente el Gobierno de Rajoy para su mayor gloria y disfrute del poder.
Y así, a falta de debates sobre los muchos problemas del país o la trepidante actualidad española e internacional, asistimos un día si y el otro también a una serie de incidentes como el vivido ayer en la Cámara donde tres vistosas representantes del colectivo Femen se encaramaron semi desnudas a las columnas y barandilla de la tribuna de invitados al grito de “el aborto es sagrado”. Una extraña manera de defender el derecho al aborto que recuerda lo que suele decir la Iglesia mas integrista para oponerse a este derecho de la mujer, que en España está regulado por ley y que el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, quiere endurecer para satisfacer al ala confesional de su partido y convencerles con ello de que él es una persona de ‘orden’ y por lo tanto digno sucesor de Rajoy, y no un progresista infiltrado en el Gobierno PP, ni un ‘calavera’ de dudosa fama, como muchos creen.
Lo cierto es que, asombrado por el espectáculo de las tres sirenas con flores en el pelo, el presidente Posada pidió a los ujieres de la Cámara un desalojo “con cuidado”, temeroso de un accidente, a la vez que desde la izquierda se aplaudía la protesta y desde la muy ‘pecadora’ derecha se proferían descalificaciones y protestas por el espectáculo. El que en muy poco tiempo sucede a las goteras de la tribuna de prensa y parte del hemiciclo, al sellado y tapado de algunos de los agujeros de las balas del golpe de Estado del 23-F, al continuo desfile de camisetas, o al todavía no lejano asalto de los escaladores de Greenpeace del frontispicio de la Cámara en los días del ‘cerco al congreso’ de los colectivos del 15-M, que tenían en vilo a sus ‘señorías’.
Volviendo al incidente, tenemos que decir que no deja de ser un tanto asombroso ver a Gallardón en el papel de puritano -ahora que el Papa Francisco ha dicho que no hay que hablar del aborto-, cuando la fama que le persigue es precisamente la contraria. En los pasillos de la Cámara alguien dijo, con maldad, que las ‘tres Gracias’ medio desnudas las conocía Gallardón y se llamaban Monserrat C., María Z., e Isabel S., en alusión a tres conocidas damas de la partida española (inolvidable la crónica veraniega de Raúl del Pozo titulada ‘Devórame otra vez’).
El Congreso de los Diputados (que no de los españoles) es hoy un lugar donde no hay debates de altura. Ni sobre la Corona o la Corinna, la infanta Cristina ahora tocada por la contabilidad de Nóos/Aizzon, ni sobre la abdicación o la regencia. Ni se habla de Bárcenas -solo al anochecer sin cámaras de televisión y con las ediciones de los medios cerradas-, ni de los ERE del Sur o de los langostinos de la UGT ni hay un debate a cara de perro sobre el caso de Cataluña, o sobre el control del poder judicial, o sobre el pasmo de la RTVE, o la ley electoral, Gibraltar, etcétera, etcétera.
En el Congreso no pasa nada y apenas hay información para un medio titular. Pero últimamente hay fotografías e imágenes que valen, nunca mejor dicho, por mil palabras. Y a veces tenemos la suerte de contar con ministros que suelen dar la nota -ayer se lucieron los tres- como son Wert, Montoro y Gallardón. Y este último de sorprendente manera porque lo creíamos un estadista y desde que llegó al banco azul -donde cuenta chistes a Margallo y Sorayita- no ha parado de sorprender. Por las machadas que hace y las cosas dice, como que el Parlamento nunca puede exigir al Presidente del Poder Judicial -en relación al inefable y dimitido Carlos Dívar- que fuese a declarar a la sede de la soberanía (sic) nacional. Que como bien sabe, por más que calle, Gallardón no reside en ese Congreso sino en la Moncloa y en los aparatos de los grandes partidos que es donde la soberanía suele permanecer ‘secuestrada’.
Cuando llegó al Gobierno Gallardón le recomendó a Marcello un ‘asesor jurídico’ y luego le anunció que lo invitaba a almorzar. El asesor jurídico a quien le hace falta es al ministro, en cuanto a lo del almuerzo fallido no tiene la menor importancia, porque mucho nos tememos que el ministro, convertido en bombero de fuegos propios y ajenos, no tiene tiempo ni para comer. Le pasa como le pasaba a Javier Arenas -otro artista del club de la triple corona de ‘dinero, amor y poder’- de vicepresidente, que iba por el Congreso quedando con todo el mundo a comer: “campeón, te llamo pronto y comemos”, decía el sevillano adulador. Pues eso, el Congreso se divierte y se nos pone campanudo y puritano Gallardón.
Aquel otro y gran alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, que se fue al cielo en una carroza negra que pasó por la Puerta de Alcalá, habría actuado de otra manera ante el incidente de ayer y puede que incluso a las tres sirenas del hemiciclo don Enrique las habría invitado a Lhardy a comer (Gallardón hubiera preferido El Currito). Pero los tiempos apasionantes del inicio de la transición se han acabado y ahora toca la ‘sopa boba’ y los ‘guindillas’ que se llevan a las ninfas feministas al calabozo después de alegrar la mañana y de ofrecer al Congreso algo de diversión.








