La conspiración del COI

Se imaginan que ese pájaro del príncipe Alberto de Mónaco, a quien en el COI llaman ‘monseñor’, hubiera hecho la siguiente pregunta a la delegación española, durante la presentación de la candidatura de Madrid 2020: ¿cómo puede afectar en España la corrupción política e institucional a la Olimpiada de Madrid? Las caras del Príncipe y de Rajoy habrían quedado paralizadas por el estupor.

Pero la pregunta tendría su sentido, una vez que Japón se había interesado en decir durante la presentación de Tokio que en su país todo el dinero que se pierde en la calle se entrega luego a las autoridades, como ejemplo de la honradez nipona. Asimismo, los japoneses informaron que en su país no hay casos de dopaje y que han creado un fondo, ya desembolsado, de más de 4.000 millones de dólares para la olimpiada. Mientras que en España el dopaje existe, la corrupción abunda y no hay dinero para la Olimpiada, por más que digan que muchas sedes están construidas lo que no es del todo cierto. Y además y sobre todo le toca el turno a Asia.

Pero los españoles, o muchos españoles, son así y ya estamos con la cantinela de la mano negra y diciendo por ahí que ‘los del COI nos tienen manía’, los japoneses han comprado votos, el apagón durante la retransmisión televisiva de la presentación española se organizó para que no se viera en el mundo lo mejor de España, etcétera. O sea, oyendo a algunos de la comitiva, nos han robado la olimpiada de 2020, como la de 2016 de Río y la de 2012 de Londres, porque todo esto es ‘un juego político que nosotros no sabemos jugar’, como dice un periódico apuntando al Príncipe Felipe o Letizia, con el truco de la cita al entorno de la casa real.

Todo menos reconocer la derrota y algo tan sencillo como que el COI mantenía, como siempre, sus preferencias para la rotación continental y ello favorecía a Tokio, en nombre de Asia, como a Río en el de América y Londres en el de Europa. Por ello el gran error era haber presentado la candidatura de España cuando era el turno de América y Asia, una vez que se perdió con Londres en el turno europeo. ¿Por qué lo hizo Gallardón? Pues puede que para justificar sus obras faraónicas de Madrid, donde a buen seguro más de uno se habrá forrado el riñón (y no vamos a señalar, por el momento). Y a la pobre Botella -que estuvo de inmensa actriz- le ha tocado el marrón de la derrota, como la herencia ruinosa de la gigantesca deuda de Madrid, y encima ahora le tocará decidir si Madrid se vuelve a presentar a los Juegos de 2024, esta vez en el turno europeo y donde se vería las caras con París.

Llevamos una racha patriota de mucho cuidado. Primero al grito de ¡Gibraltar español! Y ahora con la conspiración del COI y la sospecha de los maletines y del maltrato a España. O cuando se dice que hubo tongo olímpico (así tituló “La Razón”, el periódico de Rajoy). Menos mal que el Papa Francisco está con la paz porque de lo contrario asistiríamos al envió de cruzados españoles, un ejército de voluntarios, a la guerra santa contra Siria para allí combatir al infiel -que es descendiente de Saladino y de nuestro Abderramán III- bajo las órdenes del emperador Obama. El que dice que las muertes en Siria con gas Sarín -que por cierto se lo vendió la Francia de Hollande- son horribles, mientras las muertes con las bombas tradicionales rusas o americanas son maravillosas, aunque sean muchas más (el 90 por 100).

La única conspiración que hubo en Buenos Aires fue la oficial del Gobierno español que, en un ataque de locura, creyó que España ganaría la votación porque habían contratado al gurú de este tipo de eventos y que habían preparado una bonita presentación. Y por causa de una pésima información recabada en el seno del COI que le llevaron al diario “El Mundo” a titular en portada que España ya tenía, tres días antes de la votación, la mayoría absoluta del COI para ganar. Crearon una falsa euforia de optimismo, montaron en la Puerta de Alcalá un festejo para festejar la victoria, Letizia se apuntó a última hora al caballo ganador, y luego vino la derrota, la cruda realidad y la decepción. Sobre todo para Rajoy que llegó a creerse el cuento de la victoria y pensó que esa sería su victoria particular y su argumento para decir que España ya ha comenzado a triunfar.