Obama inicia la danza de la guerra

Suenan con fuerza los tambores de guerra y los jefes de las tribus más poderosas del planeta pintan sus rostros de agresivos colores, exhiben sus plumeros y se lanzan a bailar toda la noche en torno al fuego sagrado pidiendo la bendición y la victoria a su Dios, el gran ‘Manitú’. La ceremonia de la muerte está en marcha y se proyecta como una negra sombra sobre el cielo de Damasco, tal y como otras veces sobrevoló los de Bagdad, Kabul o Trípoli. Da igual lo que digan los inspectores de la ONU o incluso el Consejo de Seguridad porque la suerte está echada y los mandatarios de Occidente, Obama, Cameron y Hollande ya han anunciado que el régimen sirio del presidente Bachar al Assad merece un ejemplar y duro castigo por usar armas químicas en su guerra civil, lo que no es fácil demostrar por más que los americanos hablen de pruebas a enseñar.

Como las que Colin Powell mostró en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre las pretendidas armas de destrucción masiva de Sadam Hussein que nunca existieron. Pruebas trucados que luego resultaron falsas y que sirvieron a la entonces ministra de Asuntos Exteriores de España Ana Palacio para soltar en dicho Consejo de Seguridad -donde España se sentó como miembro no permanente y sin derecho a veto- un demencial discurso belicosomas aún que el de los propios americanos, donde decía ‘no mas inspectores’ a favor del ataque inminente como el que lanzó el amigo de Aznar, George W. Bush, abriendo una guerra que dejó tras de sí miles y miles de muertos inocentes y un régimen nada democrático que vive en una permanente guerra civil y bajo continuos atentados terroristas.

A la inefable Ana Palacio los americanos luego la colocaron en el Banco Mundial, como a Rodrigo Rato en el FMI, y a Aznar en universidades y numerosos consejos de administración de los poderosos centros de influencia conservadores americanos. Como se supone que ahora a la exministra de Defensa Carmen Chacón le han dado un empleo en una universidad de Miami, quizás por su generoso apoyo a la instalación del escudo antimisiles USA en Rota.

En aquel tiempo del ataque a Irak Francia se opuso a la guerra, pero esta vez parece que el blandito Hollande no se atreve a decir no a Obama y baila con Cameron en torno al fuego sagrado con el argumento y la pobre excusa de que solo será un ataque aéreo de castigo, como aquel otro de los aliados en Libia pero que no habrá invasión del país, ni intento de derrocar a Al Assad (sic). Y dicen todo esto mientras todos ellos ofrecen armamento a las guerrillas rebeldes y descontrolas -algunas de Al Qaeda- que combaten en Siria y mientras Hollande recibe en el Elíseo al presunto líder de la rebelión.

Estamos en el tiempo de los disfraces de guerra, en la búsqueda de argumentos y de pruebas, falsas o no, mientras los amos del petróleo y de la poderosa industria militar americana hacen su agosto y puede que su septiembre también, para que quede claro que cuando el emperador, Obama, dice una cosa nadie puede ni debe llevarle la contraría porque de lo contrario le caerá sobre su cabeza el fuego ardiente y tronador de los misiles y de los B-52.

Las bravuconadas de Bashar al Assad diciendo que su respuesta será terrible, recuerdan aquellas otras de Sadam Hussein o de Al Gadafi anunciando el fin del mundo en la guerra santa del islam. No tienen nada que hacer, por más que bramen los ayatolas de Irán o que Putin exhiba sus fragatas -esta es la única inquietud de los aliados- por las aguas sirias del Mediterráneo oriental, donde ya está posicionado el grueso de la flota americana del sector.

Pero, hay que decirlo, Siria no es Irak, ni Libia, y está en el centro de la crisis del Oriente Próximo y en el ojo del huracán islámico que ya asola la convivencia de naciones como Egipto, Líbano, Irak y Túnez, por lo que la respuesta al nuevo castigo que les va infligir el Imperio a los sirios tarde o temprano llegará, porque la venganza y la paciencia están en el carácter del mundo árabe. Y cuidado con que no se desate la furia de Irán sobre el estrecho de Ormuz y que no arda entero el Oriente Próximo en este tiempo en el que una tenue llama de paz parecía iluminar las negociaciones entre Palestina e Israel.

La guerra siempre es mala y siempre acaba mal, incluso para los vencedores, como bien lo apreciaron los EEUU en Vietnam, Irak y Afganistán de donde saldrán con el rabo entre las piernas. Entre otras cosas porque hay pueblos y naciones que tienen muy poco que perder, máxime cuando además se adornan con una religión y un nacionalismo que se impone sobre todo lo demás. No importa lo que se diga ni lo que piensen los ciudadanos de EEUU, Francia Inglaterra, y demás aliados de primera o de segunda línea (España ahí incluida) porque el emperador negro Obama, aunque disimule, da la impresión que ha tenido un sueño como Martin Luther King, pero no para la igualdad entre los hombres, ni para la paz -aquel Nobel que recibió demasiado pronto-, sino para ir a la guerra con un bombardeo feroz que iluminará el cielo de Damasco, la ciudad del gran bazar de los mil olores, la metrópoli que fue del Califato de la Córdoba de los omeyas y de las tres culturas.

‘¡No más inspectores!’ gritaba como una posesa la alocada Ana Palacio en nombre de España, y mientras Aznar se preparaba para posar con Bush y Blair en las islas Azores en las vísperas de aquel otro bombardeo que iluminó a sangre y fuego el cielo de Bagdad. No hay nada que hacer, la danza guerrera y ha comenzado y solo es cuestión de días o de horas, los ‘aliados’ van a atacar.