La mala memoria de Alfonso Guerra

Como ha venido a decir Felipe González las memorias de Alfonso Guerra carecen de interés como para dedicarle tiempo. Aunque los motivos de González incluyen un tono de desprecio personal y político del que fuera su número dos, en lógica respuesta a lo que a todas luces -según los cronistas- se presentan como memorias de un cierto resentimiento y rencor frente a tirios y troyanos. Pero que sobre todo no han aportado ni un solo histórico titular, como cabría esperar de quien se decía que controlaba los largos hilos del poder en los años cruciales de la transición.

Por ello estas memorias de Guerra carecen del menor interés y solo pretenden dar una versión edulcorada y nada autocrítica de lo que pasó en su tiempo al frente del PSOE y en la vicepresidencia del Gobierno. Por ejemplo: ¿qué sabían Guerra y el PSOE de su tiempo del golpe de Estado antes de la asonada del 23-F? ¿Por qué el aguerrido Guerra se tiró al suelo del Congreso cuando entró Tejero en el hemiciclo y no se quedó de pie o sentado como Suárez, Gutiérrez Mellado o Carillo? ¿Qué ocurrió de verdad esa noche cuando Tejero lo colocó en una sala junto a otros de los líderes? ¿Por qué había socialistas en la lista del Gobierno de Alfonso Armada? Algún día todo esto se sabrá, aunque algo de ello ya imaginamos.

Silencio, ni una palabra, ni una revelación o confesión, como no hubo explicación alguna sobre el por qué el gobierno de Felipe González y de Alfonso Guerra no investigó el golpismo cuando llegó al poder, y se plegó a la amnistía de Armada, con la excusa de la mala salud del general, que era tan mala que ahí sigue 30 años después cuidando sus jardines en Galicia.

Otro tanto se puede decir del silencio de Guerra sobre los GAL, sus secuestros, torturas y ejecuciones, que crecieron cuando él estaba en el Gobierno, sin que dimitiera o sin que ese Gobierno investigara el crimen de Estado, sobre el que el propio Guerra -y por supuesto su jefe González- tiene una clara responsabilidad política y puede que penal.

O sobre la enorme corrupción política e institucional que a él le costó su salida del Gobierno, por el caso de su hermano Juan instalado en su despacho de vicepresidente en Sevilla. Aquello que denunció Semprún diciendo: ‘despacho oficial y hermano de vicepresidente, verde y con asas’, y que desde luego no sale en el libro como tal. Y que, finalmente, provocó su salida del Gobierno y enfrentamiento con González. Pero, además de su caso propio, estaba la financiación ilegal del PSOE -condenada en tribunales- que el controlaba con mano de hierro (‘el que se mueve no sale en la foto’) y donde aparecieron Filesa, Malesa, Time Export, Expo, AVE, BOE, Cruz Roja, al tiempo que otros escándalos llegaban al Gobierno como el propio de los GAL, los fondos reservados, las escuchas ilegales, el caso Roldán, el de Mariano Rubio, etcétera.

¿Qué hizo o dijo Alfonso Guerra sobre toda esta basura política y a costa del erario público? Y ¿qué dice ahora de todo ello? Nada de nada. Como nada dice del ‘crimen’ de El Independiente, diario que él mismo liquidó desde la vicepresidencia del Gobierno con la ayuda de Miguel Durán, Txiqui Benegas y el presuntuoso y hoy coleccionista de títulos y rangos Santiago Muñoz Machado. O ¿que hizo Guerra con la libertad de expresión puesta al servicio del Grupo PRISA, que luego lo machacó, o con la Justicia tras presumir que había colaborado en la segunda muerte hispana de Montesquieu?

Sabemos y está claro que Guerra también hizo cosas bien hechas, y colaboró en la redacción de la Constitución y de los Pactos de la Moncloa, o en la renovación (sin emarxismo) del PSOE. Todo eso también es cierto y figura en su haber y en la historia del PSOE. Pero las zonas oscuras de su verdadera biografía, la que no figura en sus memorias, son mayores que las claras. Como parece cierto que nunca supo lo que es una verdadera democracia, sino que fue un autor y entusiasta de la partitocracia hoy en derribo y que el sigue defendiendo (contrario a listas abiertas o elecciones directas en su propio partido), porque a él le venía muy bien la completa acumulación del poder que disfrutó durante algunos años en la Moncloa, gracias al régimen partitocrático, y el férreo control del PSOE del que hizo gala hasta su paulatina desaparición de esos centros de poder.

Imaginar una reforma democrática de los pactos de la transición en el largo periodo de mayorías de Gobierno del PSOE era mucho pedirle a estos oligarcas de antaño. Pero esas reformas llegarán a España a pesar de que los aparatos partitocráticos de los partidos (incluido el del PP) se oponen a ello, porque los ciudadanos las quieren y saben que esas carencias también están en el origen de la actual crisis económica, política y social del país. Y mal que le pese a Guerra la nueva democracia llegará.