El gato y el jarrón de Felipe González

Felipe González le ha dicho, o le ha dado permiso, a José María Aznar para que regrese a la política, pero a condición de que “no pretenda salvar a la patria”, porque se supone que de eso ya se ocupan él y el jefe de PRISA Juan Luis Cebrián. Y el resto de la cúpula de la compañía como Manuel Polanco o Fernando Abril Martorell porque han salido todos de gira haciendo bolos a ver si los acreedores de los más de 3.000 millones de euros que deben se enternecen con el presunto poderío del ruinoso grupo editorial (según Aznar) y les renuevan los créditos.

El numerito montado en París con el avispado Berggruen, y con Hollande de telonero (llevado por Delors) y Rajoy de comparsa (llevado por Felipe) formaba parte de la estrategia. Hasta el punto de apuntarse ellos solitos el plan de empleo juvenil de la UE que Merkel y Hollande pactaron hace meses por su cuenta. La portada triunfal de El País del pasado miércoles era de aurora boreal.

Sin embargo, de lo dicho por Felipe González sobre Aznar vamos a quedarnos con el cuento chino del jarrón chino que Felipe ya nos contó más de una vez para explicar que los expresidentes son como un jarrón chino muy valioso en una habitación pequeña en la que nadie sabe que hacer con él. No está mal, pero a nosotros nos gustó mucho más aquel otro cuento chino que González se trajo de Pekín tras entrevistarse con el emperador Den Xiao Ping, quien le dio al español una sublime lección: “gato blanco o gato negro da igual, lo importante es que cace ratones”.

Felipe ya practicaba sin saberlo ese aforismo oriental desde que traicionó al sueco Palme y al alemán Brandt y los sustituyó por la cosa caribeña/bananera del panameño Torrijos y el venezolano Carlos Andrés Pérez. Desde entonces su ideología y su moral pasaron a mejor vida, y con ese motivo el sabio escritor Rafael Sánchez Ferlosio le hizo un retrato moral a F.G. ó Glez. que el ex presidente socialista nunca olvidará porque, a propósito de los GAL y del proverbio chino de Deng, Ferlosio definió a González como un: “gatazo blanquinegro y gordinflón, con mirada tonti astuta, castrado y satisfecho”.

Felipe nunca se fue de la política. Siempre estuvo ahí vigilando a Borrell para cortarle su cabalgada, apoyando a Almunia en su más que fracasado liderazgo y luego tonteando con ese objeto volador no identificado (OVNI) que se llamaba Zapatero. Pero le tiene un odio mortal a José María Aznar -el guerrero de Irak que tampoco es un hermanito de la caridad- y teme su regreso, porque si Aznar vuelve todo el rollo de la ‘Gobernanza’ (palabreja muy propia de González) de la UE, y de los bolos y coqueteos de PRISA con el PP de Rajoy se le acabará. Como se le han acabado Rubalcaba en el PSOE y a Solana en la jubilación a la que también se resiste el otro con ardor guerrero de la OTAN y de los daños colaterales del bombardeo de la RTV de Belgrado.

Al final, en este país no se va nadie y en la política no existe una verdadera renovación (ni en los sindicatos). Todos son, más o menos, los mismos de siempre. Rajoy lleva siglos en la cúpula del PP y González otros tantos siglos en la del PSOE y se cree tan lúcido e importante, que no tiene tiempo para leer las memorias del que fuera su vicepresidente Alfonso Guerra. Seguramente las pondrá en una esquina del salón de su mansión justo al lado de su jarrón chino y cerca de del almohadón donde descansa el ‘gatazo blanquinegro y gordinflón, con mirada tontiastuta, castrado y satisfecho’. Ése es el gato de González, que aparece y desaparece de nuestras vidas como eso, otro gato gordinflón y sonriente de Cheshire, que Lewis Carroll nos regaló en el libro de ‘Alicia en el país de las maravillas’. Es el gato que está y que no está como lo cantaba Roberto Carlos al pasar: “El gato que está, triste y azul…”