El Crack

Ha muerto Alfredo Landa, una persona afable y encantadora y un buen actor, que hubiera sido uno de los más grandes de su tiempo si hubiera tenido siempre a mano un buen guión (¡Oh Dios, qué buen vasallo, si tuviese un buen Señor!) En su madurez le llegó el más sonoro de sus triunfos en la película ‘Los Santos Inocentes’ y en compañía de otro grande, Paco Rabal. Ambos recibieron por esa película la Palma de Oro del festival de Cannes. En contra de lo que decía el título de una de sus películas ‘El Crack’, Landa no fue un crack, sino mucho más, una excelente y querida persona que interpretó con su ‘landismo’ al españolito medio/mediano de un tiempo pasado con el que se identificaron muchos ciudadanos.

Ahora en este año de tantos adioses en el mundo del cine y del teatro, el título de ‘El Crack’ tiene otro significado y va por otros derroteros. Lo utilizó hace pocos días Rajoy en el Congreso para decir que España estuvo al borde del crack, o de la quiebra, de no haber sido porque él tomó las medidas del ajuste social del gasto y la subida de impuestos.

O sea el crack era él, el mismísimo Mariano subido como un titán en su corcel negro convirtiéndose en matador de los malandrines y gigantones que habían puesto a España al borde del abismo, es decir del crack. O del ‘agujero’ que es como también le gustaba a Rajoy llamar al oscuro precipicio de la quiebra del Estado y de la intervención de la economía española por la malvada Troika que controlan los insaciables mercados.

Sin embargo la maldición del crack económico de España no se ha ido por más que Rajoy diga que ya “ha pasado lo peor”. Más bien vuela en círculo sobre nuestras cabezas, como buitres que huelen la presa herida y moribunda, y están a la espera del fatídico final, que los sabios de Europa dicen que no llegará porque la UE ya no puede permitirse más situaciones agónicas como las de Grecia, Portugal o Chipre. De manera que el riesgo del crack a la vez se ha convertido en nuestro escudo protector del hundimiento.

Ahora bien una cosa es alejarse del precipicio y otra distinta es la de salir del famoso agujero hacia el mismísimo cielo porque, a fin de cuentas, el cuerpo herido de España está muy débil y apenas se puede levantar. No hay crédito ni dinero, no hay crecimiento, no hay consumo, no hay importaciones, ni inversores y estamos casi en estado de coma, o congelados a la espera de un milagro o una resurrección que, por lo que se ve, ha de venir de fuera porque en este país el Gobierno parece resignado a esperar que la salvación nos venga de la UE, una vez que nuestra prima Angelita Merkel gane las elecciones teutonas de septiembre, y le permita al BCE romper el cerdito de los fondos europeos y regar el árido desierto español.

Lo dice en estas mismas páginas Manuel Martín Ferrand, Landa hubiera tenido en este tiempo una segunda oportunidad para la nueva versión del ‘Vente a Alemania Pepe’, la pesadilla de la dura emigración española que vuelve a reverdecer y que la ministra de Empleo (más bien del paro) Fátima Báñez califica de ‘movilidad exterior’. Argumentos sobran para hacer un buen guión de esta España nuestra al borde del crack y en plena desilusión.