El espía chino y la condesa de Bombay

Estamos a la espera de que la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, en justa respuesta a la agresión sufrida por parte de Esperanza Aguirre a propósito del drama del Madrid Arena, convoque a los medios y exija, ante las nuevas revelaciones del caso de espionaje madrileño que implican a Aguirre, González y Granados, que se “llegue hasta el final de todas las responsabilidades, ¡caiga quien caiga!”. Responsabilidades políticas y puede que penales porque la confesión del Guardia Civil, José Ortega, implicado en el caso del espionaje de la Comunidad de Madrid contra los dirigentes del PP Manuel Cobo y Alfredo Prada, no dejan lugar a dudas y ponen en la peor situación posible al actual presidente de la Comunidad, Ignacio González -el chino de la coleta blanca- y a su mentora y predecesora en el cargo, Esperanza Aguirre -condesa de Bombay-como presuntos autores de un delito de espionaje, abuso de poder y malversación de fondos públicos (para delinquir).

Naturalmente, esto es lo que le faltaba a Rajoy y Cospedal -la que anda en otros juzgados acusando de espionajes al PSOE– por no haber cortado hace tiempo y de raíz la locura del ‘aguirrismo’ en Madrid, donde el famoso chino González lleva tiempo sometido a toda clase de sospechas, lo que hacía presagiar un ruinoso final político a este clan. Pero Rajoy se tragó la imposición del chino que le dejó Aguirre como herencia, tras dar un sonoro portazo en la Puerta del Sol, aún no explicado -puede que estos hechos nos ofrezcan algo de luz al respecto-, siguiendo la proverbial norma del presidente de no hacer nada ni de tomar decisiones ante las situaciones conflictivas. Pero ahora la Comunidad de Madrid le puede estallar en las manos. Y ya veremos si, por fin, tiene que montar -lo que debió hace tiempo atrás- una gestora en el PP de Madrid y forzar la salida del chino González de la Comunidad de Madrid, antes de que un juez lo empitone por la femoral.

O sea que, en vísperas del congreso del PP en Valencia de 2008 en el que Aguirre pretendía dar un golpe de mano contra Rajoy, la condesa de Bombay y de Murillo, acordó que su super policía de confianza (el hombre que la había acompañado en el Senado y que ella se llevó a la Puerta del Sol) Sergio Gamón, contratara a guardias civiles y policías para espiar a Prada y Cobo con unos seguimientos costosos por medio Madrid, y para luego informar al entonces vicepresidente, Ignacio González, quien pilotaba la operación ante las narices de Granados -granizados- que dejaba hacer semejantes tropelías.

Y esto que estaba a la vista y al alcance de todos ahora lo acaba de contar con pelos y señales ante el juez ni más ni menos que un Guardia Civil, implicado en el espionaje y autor de los informes y de parte de los seguimientos, lo que constituye un testigo de cargo definitivo, que avala el resto de las pruebas y pesquisas, y deja a Aguirre, González y Cobo a los pies de los caballos y la Justicia.

Y al Gobierno de Rajoy y al PP de Madrid en paños menores, con otro escándalo más de la política y presuntos delitos entre los que figura la malversación de fondos públicos que es lo que le faltaba al tal chino González de la coleta blanca -y cuidado con lo que va a salir en el Canal de Isabel II-, famoso también por el alquiler de un dúplex ático de lujo en Marbella, inscrito misteriosamente en Delaware y gran provocador en la crisis de la Sanidad madrileña.

Lo del chino estaba cantado y se veía venir. Y mucho cuidado con los tejemanejes de su entorno, la ‘banda del Álamo’, con vistas a posibles pelotazos sobre la pretendida ciudad del juego. Pero lo que no se esperaba este chino mandarín -el amigo de la chinita Cifuentes, la del quimono en el desfile nacional- era que, mire usted por donde, lo iba a pillar la Guardia Civil por la confesión de un ‘picoleto’ de la Benemérita. Y, de momento, así estamos y prestos a llegar hasta el final “caiga quien caiga” como lo exigía Aguirre a Botella, sin piedad.