La gabardina de Rajoy

Con lo ceremoniosos que son los coreanos –los del norte y los del sur- y la recepción tan pomposa que le habían preparado a Rajoy en Seúl con la guardia de honor vestida de gala a los pies de la escalerilla del “Air Force One” español, y sale Rajoy del aparato vestido con una gabardina negra, sin corbata y con camisa abierta como si acabara de llegar a Santo Domingo (que tanto le gusta) en un vuelo barato de Iberia Express.

De pronto se nos apareció en la memoria la enorme gabardina que José María Aznar, luenga hasta el mismísimo suelo como la barba de Matusalén, en un desfile de la fiesta nacional en Madrid en el que caían chuzos de punta mientras el Rey y Esperanza Aguirre aguantaron el chaparrón a cuerpo gentil. A Jaime Campmany se le ocurrió, con tal motivo, escribir en ABC que Aznar lució una gabardina de exhibicionista sexual y, dado su escaso sentido del humor expresidente del Gobierno, Aznar se vengó y nunca más recibió al ya desaparecido periodista y escritor.

Pues bien, a riesgo de sufrir las iras de Rajoy tenemos que decir que esa espantosa gabardina negra -que parece una bata china de dormir que a buen seguro le regaló Carmen Martínez Castro por su santo- no parece la prenda apropiada para entrar en la escena internacional, ni en Seúl. Pero ya sabemos que Rajoy no acepta consejos, ni escucha a la prensa, que es independiente y no debe nada a nadie, ni siquiera la gabardina. Él es el hombre tranquilo, que no se inmuta por los resultados de las elecciones andaluzas, ni por las descalificaciones contra España de Monti –“yo nunca las haría”, dijo Rajoy en vez de acordarse de sus antepasados-, ni por el independentismo de Convergencia (por cierto a Oriol Puyol se le acaba de romper una tubería de agua podrida del caso Campeón en la Diputación de Barcelona). Ni pestañea Rajoy ante los pelos alborotados de la cursi de Chelines, ni por la sonrisa farisea de Javier Arenas, el que salió a su balcón sevillano en compañía del ministro del ajuste (Montoro) y la ministra de la reforma Laboral (Báñez) para explicar a sus militantes del PP con semejante y compañía por qué no va a gobernar en Andalucía.

A lo mejor el culpable del desaliño de Rajoy es Moragas que iba igual de descamisado, con las gafas colgando y con esa cara de mala leche que se ha puesto desde que está en la Moncloa, hasta el punto que parece el jefe de Seguridad más que otra cosa. Con lo sonriente y mochilero que era ese muchacho y ahora parece un implacable edecán. Y me apuesto un ojo del fiscal Torres Dulce de Membrillo o los dos de la acaparadora Isabel Tocino de Cielo, a que Moragas no deja pasar al despacho de Rajoy ni siquiera a los ministros (“el presidente está pensando”, dirá), y que además es el culpable de que Rajoy reciba a sus invitados sentado en el sofá, lo que es de mala educación, por más que le guste tumbarse allí al presidente en cuanto termina una reunión.

Algunos pensarán que lo de la gabardina negra de Rajoy y la falta de corbata y la camisa abierta no tiene importancia después de tan largo viaje. Pero eso no es verdad, estos detalles son esenciales y denotan una displicencia y abandono a la hora de actuar que luego explican otros comportamientos que afectan al Gobierno del país.

Pero ¿quién es el jefe de protocolo en la Moncloa? Y ¿Quién es el peluquero de Fátima Báñez? Y ¿Cómo se llama el logopeda de la Cospedal? Pregunto para no contratar a ninguno de ellos por nada del mundo. Pero insisto, en política, las formas son algo esencial.