No llueve

El campo está seco, se pierden siembras y cosechas, los pantanos pierden agua, amenazan los trasvases y ya estamos otra vez con “la pertinaz sequía” de los años del hambre y la penuria que, en algunos lugares de España, se está convirtiendo en dura realidad. El invierno está pasando de largo como una fresca primavera sin que los grandes almacenes –que casi regalan los abrigos y prendas para la lluvia- hayan podido colocar su moda de invierno y ahora no saben si pasar de una vez a la primavera o si en marzo y abril volverán las aguas torrenciales, el frío y hasta la nieve, algo que habría que consultar con los sabios agricultores de siempre, o con la pitonisa de Delfos, la NASA o con Mónica Fernández Aceytuno que suele hablar con los pájaros y las plantas y alguna noticia a buen seguro que tendrá.

Decían Aznar y el primo de Rajoy que lo del cambio climático era una ensoñación progresista, pero si esto sigue así aquella maldad de origen francés de que África empieza en los Pirineos se podrá ampliar con el argumento del que el Sáhara ya está aquí. Y en mal momento porque el Gobierno acaba de retirar las subvenciones a la energía solar que parece muy cara y que además no parece muy útil para las zonas desérticas porque el viento –que es “el dueño de la Tierra”, según el filósofo Zapatero- llena las placas solares de arena y ello obliga a una difícil limpieza y a la necesidad de agua, y agua es precisamente lo que no hay al sur de los montes Pirineos, porque al norte de esta cordillera sí que suele haber tal y como se contempla en los anchos y caudalosos ríos de Francia.

¿Hay alguien en el Gobierno que esté pensando en el agua? Pero ¿acaso no es este un problema nacional que repite cada vez con más frecuencia? Algo hay que hacer y algo hay que inventar para que cuando vengan las aguas torrenciales no se escapen raudas hacia el mar, o las profundidades de la tierra. ¿Quizás pantanos aunque se enfaden los ecologistas? ¿Acaso modernos sistemas para embalsar y no dejar escapar ni una sola gota? ¿Acaso dar la vuelta a los ríos, o a parte de ellos para que rieguen la España seca en vez de morir plácidamente en el mar, por más que sufran los estuarios? No sabemos qué hacer, pero algo hay que inventar además de sacar los santos en procesión. Aunque cabe imaginar que al final los santos que tienen más influencia en los cielos son los de las famosas procesiones de Semana Santa que tantas veces se han tenido que suspender por causa de la lluvia.

Hay un jardinero en el jardín botánico de Madrid al que llaman “el hechicero” porque hace llover sobre las plantas tropicales con el riego por aspersión cuando el inmenso calor de Madrid hace que los turistas del museo del Prado que se acercan a ver nuestra Gioconda suden la gota gorda en las inagotables colas del Paseo de Recoletos, donde deberían tener su estrella –al estilo de esa avenida de la fama de Los Ángeles, donde figuran las estrellas de Hollywood- en el suelo esos los grandes artistas que duermen en El Prado y habitan en el cielo:  Velázquez, Goya, El Greco, etc. A no ser que el ministro Wert prefiera colocar en ese espacio a otros artistas como Bob Esponja y compañeros de dibujos animados.

¿Qué hacer? Esa es la cuestión que alguien en el Gobierno debe de ponerse a resolver. Es lo que nos faltaba para completar este tiempo de penuria y maldición, sin que los ciudadanos se estén percatando de ello todavía porque, para colmo, consideran que el sol de invierno es como una bendición.