Caperucita Roja en el Gobierno azul

Los pájaros tiran a las escopetas. El gobierno del PP merodea por aguas de la izquierda y Bono o Borrell señalan que algunas de sus decisiones debieron tomarlas el último gobierno de Zapatero en el que Rubalcaba era su vicepresidente primero. ¡Pardiez! lo que les faltaba a los socialistas en vísperas de las elecciones andaluzas y asturianas, que el Gobierno del PP, recién acabado el carnaval, se presentará ante la opinión pública como un gobierno progresista que: recorta el sueldo de los banqueros; facilita la “dación” de la vivienda como único pago de la hipoteca; recorta los sueldos de los presidentes y gestores de empresas públicas; facilita los pagos atrasados de los ayuntamientos; mantiene el poder adquisitivo de las pensiones y sube los impuestos, pero más a lo ricos. Mientras que Zapatero bajó el sueldo a los funcionarios, subió la edad de jubilación y el IVA por igual para todos, mientras indultaba a los banqueros, traía a España el escudo antimisiles de los EEUU y se negaba a que el fiscal llamara a declarar a Urdangarin, lo que fue posible a finales de 2011 cuando el PP llegó al poder.

¿Quién es el rojo infiltrado en el Gobierno de Rajoy? Es verdad que lo de la reforma laboral es cosa de tinte muy conservador, al igual que lo de la educación, el matrimonio gay o el aborto, pero en ese flanco los que brillan como los más retrógrados son Wert -que sigue haciendo el indio- y Gallardón que intenta reconciliarse con los gays. Pero por más que bramen el PSOE y los sindicatos, y por mucho garrote que enseñe el ministro de Interior los del PP le están dando al PSOE, como lo decía ayer Floriano, alguna que otra pasada por la izquierda.

Sólo le falta a Rajoy anunciar un impuesto inmobiliario para la Iglesia católica (y demás cultos), como ha hecho Monti en Italia, y entonces habrá empatado el partido de las pretendidas reformas equilibradas, y a la Soraya Rodríguez la larga lengua se la habrá comido un ratón mientras Soraya Sáez de Santamaría aparecerá en el banco azul del Gobierno vestida de Caperucita Roja, sobre todo si finalmente el Gobierno se atreve a poner ese cascabel a Rouco. Y no digamos si todo ello va acompañado de medidas de ayudas a Cáritas y para los que ahora colaboran con los indigentes y sin techo de las zonas rurales como en la ciudad y que empiezan a ser la famélica legión a los que nadie, y menos aún el Gobierno, debería de olvidar.

La prueba de fuego de la tan cacareada independencia de Rajoy está en su relación con la Iglesia, a la que Zapatero llenó de toda clase de favores, por la que se desvivía María Teresa Fernández de la Vega en sus visitas al Vaticano y la que Vázquez adoraba en Roma con devota sumisión, mientras la ministra Chacón daba el rango de general de división al mayor cura castrense, y el que fuera ministro de Justicia, Caamaño, dejaba pasar los años sin que Rouco presentará al Estado, como es preceptivo en los acuerdos específicos de España con el Vaticano, la memoria del los gastos de la Iglesia que justifican los favores del Estado (la última que se conoce es de 2009). Un documento muy especial que recuerda las asombrosas cuentas del Gran Capitán: “cirios, novenas, mangas, palas, capirotes y azadones: dos millones”. Vamos a esperar a ver que pasa, aunque de momento en la entrada de La Moncloa se ha colocado un cartel que dice a los visitantes –como en el infierno del Dante-: “Perded toda esperanza”. Es el eslogan del discurso cenizo que Rajoy propaga por toda España, mientras Caperucita Roja va cantando alegremente por el bosque con su cestita, pero sin saber que al final del sendero el lobo aguarda.