Salvemos al Cine de “los Goya”

Puestos a simplificar podríamos decir que el cine español tiene hoy a dos genios imposibles de homologar: Pedro Almodóvar y Santiago Segura, todo lo demás son variaciones entre la cima del séptimo arte y el cine popular. Pero Pedro se resiste a escapar de sus fantasmas personales y a saltar a los grandes escenarios de Hollywood y la modernidad, y tiene pendiente la versión moderna de “La Diligencia” de John Ford, mientras Segura/Torrente no parece estar dispuesto a llegar al fino estilismo de la Pantera Rosa y el inspector Clouseau.

Y mientras tanto, los Goya -¡pobre pintor!- son una quimera, un quiero y no puedo, una parodia mala de los Oscar de Hollywood, más cercana del “Cine de Barrio” que del “glamour”. Y menos en estos tiempos difíciles que vivimos en los que, tras los escándalos de la Sociedad de Autores parece acabado el activismo ideológico del llamado cine de “la ceja” con ayuda de la catástrofe nacional de ZP, o de las subvenciones oficiales y los obligados enchufes de las televisiones autonómicas y privadas que no están para sufragar producciones de muy corto recorrido, ni series que no garanticen un mínimo de éxito o de retorno económico y empresarial.

Siempre pareció una temeridad meter a Goya en este entuerto del cine español, donde gobierno, productores, instituciones y muchas empresas han teñido de ideología, favores o amiguismo durante muchos años, a una industria y un conglomerado donde la calidad y el talento han brillado por su escasez, como quedó demostrado en los desencuentros entre Almodovar y “Los Goya”, que ahora, bastante tarde, se quiere arreglar sobre “La piel que habito”, que desde luego no está entre lo mejor del manchego de oro.

Que en España hay buenas historias por contar, directores, actores y productores, y que el Cine merece apoyo oficial, de eso no cabe la menor duda por el bien de la Cultura del país y su capacidad de proyección en el mundo hispano. Pero la clave está ahora más que nunca en la selección y la innovación, al margen de las ideologías y de las influencias porque luego la taquilla se revela como el más implacable de los críticos, y en el juez mas justo que nadie podría imaginar. Y ese es el test que sirve y ya no están los amigotes de la política que te compren pases en las televisiones estatales y las autonómicas –a punto de desaparecer-, y no digamos ante ese otro gran jurado de Internet.

Estamos en un tiempo en el que, si hay que ser exigentes con las empresas y sus trabajadores, con mayor motivo hay que serlo con todo aquello que dependa de la subvención oficial. O sea que los ajustes y las reformas han de llegar también al cine, como llegan a todos los sectores de la sociedad. De la misma manera que habrá que decir que hacen falta productores, mecenas, empresarios y no poca imaginación y audacia para aplicar las nuevas tecnologías al cine español. Y sobre todo buenos guiones que conecten con las inquietudes, los sueños y las esperanzas de nuestra sociedad. Y a ser posible con un poco de humor, porque de dramas y tragedias ya estamos sobrados y nada puede competir con nuestra cruda y lamentable realidad.