Doña Pilar, “manos blancas no ofenden”

Tengamos la fiesta en paz y cada mochuelo a su olivo, porque ya hay bastante con el escándalo de Urdangarin y los favores que se le hacen desde el poder judicial y la fiscalía del Estado, como para que ahora la hermana del Rey e infanta doña Pilar de Borbón se dedique a dar órdenes a la prensa –”a callar”- en defensa de la presunta inocencia de su sobrino político y “cobrador del frac” a las instituciones públicas (sin un aparente objeto lucrativo, con facturas falsas, fraude a Hacienda y desviando el dinero para su provecho dentro y fuera de España).

“A callar” dice Doña Pilar mientras califica de “pornográficos” los ruidosos programas de televisión sobre corazón y chismes variados, con unos modales de corte “borbónico” que son muy habituales en ella pero que olvida, aunque pretenda imitarlo, que ella no es su hermano el Rey –para decir eso de: “¿Por qué no te callas?”- ni la Reina, ni Princesa de Asturias. Y que si quiere echar leña al fuego corre el riesgo de ser arrastrada por la corriente del río revuelto de este escándalo de Urdangarin, que está creciendo como la espuma en un país tenso que va hacia los seis millones de parados y donde crece la indignación sin cesar.

A Doña Pilar se le podría aplicar la eximente de “manos blancas no ofenden”, frase que se atribuye a Calomarde tras recibir una bofetada de la infanta Luisa Carlota por la restauración de la Ley Sálica. Pero a partir de ahora la que ha de cuidar sus palabras es ella misma, respetando la libertad de expresión si no quiere que los serios problemas que ha creado Urdangarin -y no la prensa- se amplíen a otros miembros de la Familia Real.

Algo en lo que están colaborando el Consejo General del Poder Judicial diciendo que “no todos los imputados son iguales”, a no ser que se refiera a que unos son peores que otros porque con su conducta dañan las instituciones del Estado. Y también la fiscalía del Estado donde, desde que llegó Torres Dulce, lejos de actuar en defensa de la ley parece estar más cerca de los transgresores o presuntos, como los Garzón o Urdangarin, al tiempo que niega la necesidad de declarar de la infanta doña Cristina (administradora y beneficiaria de empresas en cuestión), lo que es otro disparate que podría llegar a favorecer, en algún caso, la prescripción de ciertos delitos, como parece que ya ocurrió -en el año 2005- por la inexplicable a tardanza que se impuso a la hora de abrir las diligencias para citar a Urdangarin a declarar como imputado.

O sea, la que se tiene que callar es Doña Pilar si no quiere que el problema Urdangarin acabe contaminando a toda la familia real (cuyo alcance y componentes todavía está por determinar). A la familia que su sobrino político ha metido en un buen lío, incluso desoyendo y desobedeciendo las recomendaciones del Rey –tal y como se ha sabido en el día de ayer- de que abandonara ese mas que sospechoso negocio por el que lo acaban de imputar y sobre el que deberá declarar en los próximos días como cualquier otro ciudadano, sin favores de ningún tipo ni excepcionalidad.

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