Mogambo

Me ha encantado ver a nuestra vicepresidenta y princesa Soraya Sáenz de Santamaría presidiendo, tan guapa y natural, la entrada “triunfal” de Zapatero en el Consejo de Estado del que no quedará piedra sobre piedra -¡cuídate admirado José Luís Manzanares!- a nada que le dejen a ZP quince minutos al mando del timón de ese viejo galeón español. Allí desfilaban como padrinos de ZP y cual amantes de Teruel que se han reencontrado en el cielo, Fernando Ledesma y María Teresa Fernández de la Vega, haciendo los dos el paseíllo con miradas tiernas y propias de un atardecer en la selva que dormita al pie del Kilimanjaro, como en un “remake”, hortera y a la española, de ‘Mogambo’.

María Teresa se ha hecho la cirugía estética y se ha operado hasta de los malos pensamientos. Y además pretende volver a África con obras de caridad financiadas por los de siempre, a los que habrá escrito, como hacía el hoy condenado por prevaricación Garzón, con membrete oficial y un encabezamiento de: “Querido Emilio…”. Pues sí, De la Vega insiste en el turismo de caridad feminista en África, que es algo que queda muy bien, porque no quiere ver la viga del hambre y la miseria que el gobierno de ZP, en el que ella militó, ha dejado en España. La señora del Vogue y los mil trajes y complementos de Barbie quiere irse de misiones de lujo por tierras africanas con un nuevo Domund, cuando aquí, en España, hay tanto por hacer.

Porque en las noches heladas de Madrid ya estamos asistiendo a ingentes colas de personas desesperadas y hambrientas –sí, con hambre y necesidad- que se tapan avergonzadas la cara para no ser reconocidas en las filas interminables de los comedores de Cáritas que apenas dan abasto. Los que, querida princesa Soraya, una noche de estas deberías visitar, acompañada quizás de algún ministro y especialmente de esos que presumen en Bruselas –De Guindos- de que la reforma laboral que hoy aprueba el Gobierno será muy “agresiva”. Como si eso fuera una heroicidad que, dicho sea de paso, nos va a conducir a los seis millones de parados.

Suele ser costumbre entre los gobernantes, los Príncipes y Reyes acercarse a los ciudadanos afligidos cuando nada tiene remedio. En el día siguiente de las grandes catástrofes, para acudir a los funerales y ofrecer sus sentidos pésames ante las cámaras de la televisión. Pero no estaría nada mal que todos ellos se acercaran en este tiempo al lugar de la tragedia, las colas del Inem y la sopa boba que mendigan muchas más personas de las que imaginamos, y puede también que alguna que conocemos. Y qué decir de todas aquellas familias que han perdido sus casas por la usura de unas entidades bancarias abusadoras y ruinosas, cuyos jefes y gestores responsables deberían de estar –en muchos casos- en la cárcel y no contando los billetes de sus millonarias indemnizaciones o de sus escandalosas jubilaciones.

Sí, María Teresa De la Vega del Vogue ha recibido la llamada de la selva, se ha dejado melena, estirado el cutis y ha pasado el cazo a unos ricos para bailar otra vez al ritmo frenético de los tantanes, como en aquellos rumbosos viajes oficiales donde se repartían los cheques del Estado, y las subvenciones a los rinocerontes, porque la nación española discutida y discutible del inefable Zapatero era así de solidaria con el dinero de los demás.

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