Un Jack Russell en el Congreso

No se como se pudo colar en la tribuna de prensa del Congreso de los Diputados este malvado Jack Russell que se llama Marcello, a pesar de la cancerbera pelirroja que vigila desde la sala de prensa. Lo cierto es que una vez, en esa bancada de anfiteatro que tiene a su alcance a Moisés con las tablas de los Diez Mandamientos y donde en otros tiempos habitaron grandes cronistas y escritores como el mismísimo Azorín (como bien sabe Iñaki Astarloa), hoy se sientan jóvenes androides con sus iPads y teléfonos móviles a los que teclean y “despiojan” sin cesar.

Pero no hace mucho tiempo que por allí una vez se aposentó ¡un mandril! Ni más ni menos que Rafael Sánchez Ferlosio, gloria de las letras de España y experto en bricolaje y otras artes manuales con las que llegó a fabricar un armamento sorprendente para sus “Guerras Barcialeas”, que ya lo hubiera querido Tolkien para así frenar a las huestes de Saurum. Ferlosio escribió desde esa tribuna un artículo titulado “Un mandril en el Congreso”, donde habló en primera persona como si fuera ese feroz animal, con sus pinturas de guerra y enfurecido por lo mal que hablaban los políticos en el Parlamento.

Los tiempos de los cronistas parlamentarios parecen perdidos y apenas nos quedan algunos casos aislados, quizás David Gistau excelente cronista y escritor, un verso suelto en El Mundo que ha de cuidar su esplendor y libertad para no levantar celos de Pedro J., el tardío descubridor de la Revolución Francesa e imaginamos que de la infernal máquina de afeitar cogotes del señor Guillotín.

El caso es que Marcello se coló y desde esas alturas pilló a doña CMM con sus risitas cuando Rajoy se burlaba despiadado de las minorías. Y a Gallardón haciéndole la pelota a la princesa Soraya que tuvo que salir a hacerle un quite por las meteduras de pata del niño predilecto de Fraga en la Cadena Ser o no SER. Y vio pasar como un rayo a Chacón por el flanco de Rubalcaba (se escucha la copla: “amores que se han querido/ y se encuentran en la calle/, o se mudan de color/ o se hacen un desaire/ por dentro sufren los dos.”). Y desde esas alturas vimos a Rosa Díez empeñada en disfrazarse de Agustina de Aragón, a lo que Rajoy, con razón, le respondió: “yo también soy español”. Y a Durán Lleida afilando el cazo de CiU listo para cobrar el apoyo a la reforma laboral, y a Erkoreka en un sin vivir en él, y a Reina, el de Amaiur, entre San Josemaría y San Otegui. Y Cayo Lara –la suegra de Marcello le llama “Cayo Largo”- bramando en contra de los mercados y listo para salir a la calle el mismísimo sábado (una vez que el Gobierno apruebe la reforma laboral), con su capitán Centella jaleando las masas después de escaparse del Callejón del Gato de Valle Inclán.

Estoy seguro que el presidente Jesús Posada –que pondrá sobre el frontispicio de la Cámara una bandera que se vea de verdad, y no ese banderín de enganche que dejó Pepe Bono,- y que es hombre leído y preocupado por la libertad, animará a los nuevos cronistas a regresar donde solían, aunque solo sea para twittear. Porque en 140 caracteres se puede resumir la Eneida, anunciar quien ganó el debate, o hacer un conjuro para espantar los malos augurios con los que nos amenazan nuestros políticos casi sin dejarnos respirar.

Lo que quedó ayer claro es que el fantasma de Zapatero se fue, se esfumó para siempre, porque si Chacón hubiera ganado en Sevilla la sombra de ZP se habría instalado cual convidado de piedra en tribuna de invitados, debajo del reloj. Ayer, en realidad, asistimos al entierro definitivo de ZP, al preámbulo del hachazo laboral y al renacer de Rubalcaba (“por fin voy a ser yo”, dirá). Y como no al pavoneo del gobierno de Rajoy en el que está, como castañuelas de contento el ministro Wert. A quien vimos departiendo con “El Guti”, quien llevaba un chuzo y un farol por si se aparecía por allí el borrachín de Tom Burn, al que piensa molerle las costillas por maleducado y por faltón.

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