Gallardón y sus periodistas

El ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, se ha declarado a favor del matrimonio homosexual –el ha casado a varias parejas- porque además considera que no es inconstitucional. Palabras que han caído como jarro de agua fría en el PP y provocado la réplica de algunos de sus compañeros de Gobierno como el ministro de Interior, Fernández Díaz, que recuerdan la posición del PP y los motivos que les llevaron a recurrir ese modelo de matrimonio, o más concretamente su denominación, al Tribunal Constitucional.

La polémica ha surgido por la intervención de Gallardón ante los micrófonos de la cadena SER del Grupo Prisa, su grupo “amigo” a lo largo de muchos años, donde Gallardón siempre recibió un trato de favor en consecuencia a su amistad con el fallecido Jesús Polanco. Lo que provocaba malestar en el PP porque dicho Grupo no cesaba de hostigar al resto de dirigentes populares como diario pro PSOE que es. Sin embargo en los últimos días y a propósito de las iniciativas anunciadas por Gallardón sobre la revisión de la ley del aborto, o la implantación de la cadena perpetua revisable, tanto en El País como en la SER se ha desatado una oleada de críticas al ministro de Justicia, al que consideran o un oportunista o un “traidor” a sus anteriores posicionamientos más progresistas.

Para intentar frenar estás críticas, Gallardón ha acudido a la SER y ha abierto la caja de los truenos de los matrimonios gays, esta vez en contra de la posición oficial del PP y regresando al terreno del “verso suelto” que tantas veces ocupó desde la alcaldía de Madrid, aunque mucho nos tememos que estos requiebros del hoy ministro a los de Prisa no van a borrar el malestar que provocó sus últimas decisiones. U otras recientes como la decisión de la fiscalía de no recurrir la sentencia absolutoria de Camps, algo que habrá ordenado el nuevo fiscal general Torres Dulce. El que, por el contrario, se ha inhibido ante la desmesurada actuación de la fiscalía del Tribunal Supremo contra esta alta Corte y en defensa de Garzón, lo que no deja de llamar la atención si no fuera porque Gallardón ha mantenido siempre una especial relación con este juez a través de su amigo Fernando Fernández Tapias (Fefé).

Sin embargo la reforma del Consejo General del Poder Judicial a favor de que mayoría de sus vocales –como estaba establecido en la ley originaria del Poder Judicial- sean elegidos por los jueces y no por los partidos políticos, es su iniciativa estrella en la presente legislatura aunque, justo es decirlo, no es suya personal sino que ya estaba en el programa electoral del Partido Popular.

A Gallardón le preocupa y le interesa mucho su imagen e intenta mantener una buena relación con los medios, aunque su soberbia y en cierta manera su desprecio por el periodismo le impide que esa relación sea buena con todos. En realidad el ahora ministro se suele llevar bien con los que le aplauden o le elogian, y se enfada y se venga de quienes lo critican, porque rencoroso sí que lo es.

Y además es capaz de pasarse al lado de su peor enemigo –como ocurre con el diario El Mundo- a nada de que le empiecen a tocar las palmas ese periódico donde le criticaron y dijeron de todo –hasta “borracho”, aunque fuera literariamente-, y desde donde lo han querido arrasar mientras mantenía una guerra sin cuartel con Esperanza Aguirre. Ahora Pedro J. Ramírez no cesa de hacerle carantoñas a Gallardón, como las está haciendo a todo el gobierno y al propio Rajoy, sobre todo una vez que se le ha caído del PSOE su candidata Carmen Chacón.

En los últimos días Gallardón se ha declarado alumno y heredero político del desaparecido Manuel Fraga y puede que en ello haya mucho de verdad. No en vano Fraga pasó de ser un ministro de Franco a abrazarse en Cuba con Fidel Castro, además de apoyar y actuar de manera decisiva a favor de las libertades y democracia (a la española) en el proceso de la Transición, o de armar la parda contra la democracia y la libertad. Gallardón juega un poco a todo eso adaptado a los tiempos modernos, pero no pierde su soberbia ni su facilidad para cambiar de chaqueta y pasar, en un santiamén, del ala más centrada del PP a la más conservadora y sin pestañear.

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