José Tomás, de luto riguroso

Cuando salió a la plaza, con su blanca palidez, la mirada perdida en sus faenas de ensueño y de negro y oro, de luto riguroso, por la muerte anticipada de su plaza talismán, y por la cornada traicionera en la femoral de la libertad del pueblo catalán, cuando vimos de esa guisa a José Tomás, tieso como un cirio de Viernes Santo y con ese atuendo que olía a mortaja, un escalofrío recorrió nuestra espina dorsal, y con él un mal pensamiento: este quiere morir en La Monumental.

En un abrir y cerrar de ojos, durante el clamoroso paseíllo, vimos pasar en blanco y negro por esa plaza y por nuestra memoria los muletazos de Manolete, Cabré, El Estudiante, El Litri, Chamaco, Bienvenida, Dominguín, El Cordobés, Bernadó y tantos otros que dejaron su sangre y sus huellas en la arena de Barcelona. Y en la barrera, también de negro y con impresionante peineta y mantilla española, también vimos y por ahí sigue y está doña Ava Gadner en el papel de La Parca más guapa del mundo, la “Manola” –como las que desprecia la Marta Ferrusola- más hermosa y más aficionada al toreo que jamás ha pisado un coso español.

Menos mal que el presagio negro no se cumplió (bastante teníamos con el cierre de la plaza) y que el de Galapagar sí cumplió con su público más amado y aprovechó el viaje y la embestida del segundo de “El Pilar” para dar, uno a uno, una magistral lección de toreo al natural, con largos, cadenciosos, estirados y redondeados pases, que pusieron al respetable al borde del éxtasis y el desmayo, a la vez que, de luto riguroso, resucitaba por segunda vez –desde lo de Aguas Calientes- José Tomás en la mejor faena de la temporada. Vuelta otra vez a las andadas, pero con temple y valor, y luego más adornos de trincherazos y molinetes –esta vez no hubo los estatuarios del terror-, y gaoneras en los quites, y orejas, y puerta grande, y un alguacilillo que, preso de la locura y de su entusiasmo, cortó el rabo por su cuenta, y el torero en su despedida aplaudiendo al público desde el centro del ruedo ibérico de La Monumental. Y la gente “robando” puñaditos de arena para guardarlos en su casa como polvo de estrellas o para frenar el tiempo en un reloj de arena y de cristal. Y la dolida y ejemplar afición catalana,entre entusiasmada y desesperada, toreando por Las Ramblas, como Jaume y Luís por el Paseo de Gracia, al natural, los unos y los otros jugando a José Tomás.

Día negro, día de luto riguroso para la Fiesta Nacional. Por tan dolorosa despedida a la que asistimos los presentes y los ausentes para presenciar, una vez terminado el festejo, a una estocada, caída y traicionera a la libertad, pensando los matarifes que con semejante puñalada herían a España sin saber, pobrecillos, que es inmortal.