Hernández Mancha, ministro de Exteriores

Mientras Zapatero nos anuncia su nuevo destino para la “supervisión de nubes desde una hamaca”, a sabiendas que este nuevo filósofo de la contemplación tiene en su haber teorías tan sorprendentes como aquella en la que anunció que sólo el viento –que es el que mueve las nubes- es el dueño de la tierra; y mientras a Rubalcaba se le ha caído la máscara de la astucia hasta parecer un corderito que viaja solo y sin remisión hacia el altar inmolador del 20-N; en el seno del PP donde más de un osado –y nunca mejor dicho- de la vieja guardia aznarista se está probando la piel del oso a ver cómo le queda sobre los hombros, empieza a correr la idea de que Mariano Rajoy tendrá su propio equipo y no piensa contar con los artistas ya pasados de Aznar y Rato. Y bien haría el de Pontevedra porque con estos dos en la chepa no le iban a dejar en paz.

Ahora bien, recuperar algunas figuras de talento de la vida democrática española e incluso del PP como sería la de Antonio Hernández Mancha, no parece descabellado sino más bien alentador. Porque Antonio es persona de valía, gran conocimiento político, económico y jurídico y de una probada pasión por la política exterior europea, americana y mediterránea (no hace mucho le oímos disertar sobre la transición en el mundo árabe y el islam con una magistral lección), lo que podría llevarlo al ministerio de Asuntos Exteriores. Lo que sería todo un lujo para este país, visto lo de Moratinos y Trini y las alianzas de sus tribulaciones.

Pero además, y ello constituye la palanca de esta crónica o adivinanza periodística, resulta que Mariano Rajoy en su “autobiografía” reciente titulada “En Confianza”, -que a buen seguro le escribió su secretaria Ketty sin entender bien la enrevesada letra del registrador de la propiedad, o un enano infiltrado por Rubalcaba en el sótano de Arriola- le ha dedicado unas palabras muy elogiosas y cariñosas a Antonio Hernández Mancha, cosa que no hace con otros de sus compañeros del PP y lo que viniendo de Rajoy, que dice ser introvertido, no suele ser habitual.

Reconociendo Mariano –”el pequeño de Carballino”- en el libro que él apoyó a Hernández Mancha frente a Herrero de Miñón en la primera sucesión de Fraga. La que luego se truncó porque Hernández Mancha era más demócrata que conservador y porque otros conspiradores del PP luego se pasaron al bando de Aznar, y el dragón de Perbes, al grito sevillano de “ni tutela, ni tu tía”, le entregó al señor del bigote el poder del PP para que ascendiera al Gobierno de España. El que perdió Felipe González, y que no ganó el aznarismo en 1996, de la misma manera que luego lo perdió Aznar para regalárselo a Zapatero, como ahora ZP se lo cederá Rajoy, porque en España el poder nunca se gana en las elecciones por la oposición sino que lo suele perder el que está en el gobierno a base de errores de gran tamaño, y los de Zapatero son antológicos.

El talento en la política española es un bien escaso y una urgente necesidad porque al gobierno de don Mariano le espera una herencia mala y descomunal, con problemas en la periferia nacionalista y una pendiente revuelta social que, en los últimos días, ha sido extendida y jaleada a los campos de la educación por la inefable y mala condesa de Bombay, la doña Esperanza Aguirre, que luce un pésima y avinagrada cara y lanza sus soflamas contra “sindicatos, profesores, los del 15-M y los de la ceja”, con un lenguaje impropio de quien está en el poder y cobra su sueldo de los ciudadanos de esta Comunidad. Aunque su enfado y su irritación no es por la huelga de profesores sino porque se teme que, otro talentoso, como Gallardón también entrará en el gobierno de Rajoy.

O sea que hace falta talento y buenas maneras y no mucha crispación como la que emana de la Puerta del Sol, lugar de donde también salió buena parte de Gürtel y no pocas conspiraciones contra Rajoy. De ahí que si, al día de hoy, “non e vero”, lo de Hernández Mancha como ministro de Exteriores, sería bien “trovatto” y motivo suficiente para la reflexión de Rajoy por el que Mancha tiene, quizás en demasía, una ciega confianza y gran admiración.

Nosotros, como diría el propio Mariano, “puede”. Aunque confesamos el estupor que nos provocó la lectura de ese libro de campaña donde, a parte de no decirse nada y de callarse muchas cosas –hasta el punto que fue imposible sacar de él un titular-, transmite una cierta preocupación porque de él no se desprende la imagen de un estadista, de un político con agallas y de un líder con la tensión alta que merece el actual momento español. Aunque, después de esa primera y pésima impresión, llegamos a la conclusión que el librito de marras, donde Rajoy reniega de las artes de Maquiavelo, pretendía simplemente ocultar esa maldad y astucia que por error hemos atribuido muchas veces a Rubalcaba y que los tiempos demuestran que es posible que fuera más realista atribuírsela a un personaje como Rajoy.