El milagro de Rajoy

El PP está tan convencido de su victoria electoral como de la capacidad de Mariano Rajoy de convertir la crisis en un torrente de crecimiento, a nada que se siente en el Palacio de la Moncloa y se ponga a gobernar. El teorema que hace el PP es muy sencillo: el descrédito y la desconfianza que genera Zapatero es inversamente proporcional al crédito y confianza que provocará Rajoy con su llegada al poder.

Una ecuación que tiene una base sólida en su premisa inicial visto el resultado de las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo, donde los españoles dieron mayoritariamente la espalda a Zapatero y al PSOE, lo que podría confirmar que una de las causas cruciales de la falta de confianza en España por parte de los mercados radica en la presencia de Zapatero al frente del gobierno de la nación, desde donde había dicho: España tiene el mejor sistema financiero del mundo; la economía española ha superado a Italia y está a punto de alcanzar a Francia; la crisis de las hipotecas “sub prime” americanas no tendrá efectos en las hipotecas españolas; España cumpliría fácilmente los objetivos del déficit de la UE; en esta legislatura se llegará al pleno empleo, etc, etc. Unas profecías falsas e incumplidas -como la del fin de ETA en 2007- que han transmitido una imagen pésima de Zapatero (“bluf”) y de España (ruina) en el mundo.

Pero dicho esto, que es así, otra cosa muy distinta es la de pensar que “muerto el perro se acabó la rabia”, como dice el refranero español. O que ido Zapatero y llegado Rajoy todo será miel sobre hojuelas. Como si los problemas de España, y de nuestro entorno europeo e internacional, sólo estuvieran relacionados con la persona de Zapatero y no con el modelo productivo español, y el deficitario sistema financiero -véanse las Cajas de Ahorro-, o incluso con el sistema político hispano sometido a la partitocracia y lejos de la representatividad y de la separación de los poderes del Estado, aquí incluidos los fácticos y los mediáticos. Y a no perder de vista el problema de la falta de cohesión del mapa autonómico español.

Además cualquier nuevo programa de gobierno por bueno que sea el equipo de gestión necesitará tiempo, y si las hoy grandes economías de Occidente están sufriendo y mucho en pos de su recuperación todo indica que el caso español no será de fácil solución.

Conviene recordar que Aznar se autoproclamó como el artífice del “milagro económico español”, en el “boom” del ciclo alto del crecimiento internacional y español (este último sobre la base de la burbuja inmobiliaria y el dinero rápido de la especulación) de principios del siglo XXI. Y ello debería llevar a Rajoy y al PP a la conclusión de que el pretendido “milagro Rajoy” no es fácil de congeniar con la dura realidad económica y social del país. Sobre todo una vez que es conocido que a Rajoy -a lo mejor guarda una sorpresa en ese sentido- no parece propicio a la toma de decisiones comprometidas, al menos en el seno del PP.

Y de nada le valdrán, si llega pronto al poder, a Rajoy el pregonar todos los días la pésima herencia recibida de los gobiernos de Zapatero, que es lo que están haciendo ahora los populares en las Comunidades Autónomas que acaban de conquistar, porque los ciudadanos no van a mirar hacia atrás sino al presente y al futuro bajo el esperado gobierno del Partido Popular. De manera que sería bueno rebajar en algo las expectativas triunfalistas y milagreras del PP, no vaya a ser que el desencanto sea la primera consecuencia de la llegada de Rajoy al poder. O sea, menos vuelo a las campanas porque del repicar al doblar no hay demasiada distancia y los españoles están cansados de esperar.