Trillo el verdugo de Camps

Nuestro gozo, como el de Paco Camps a quien su amigo “el bigotes” le llama “el curita”, en un pozo. Ayer se nos desinfló Contador en el ascenso al Galibier, la etapa reina del Tour en la que teníamos puestas tantas ilusiones por la aparente buena forma del ciclista de Pinto. Pero no pudo ser, le dolía una rodilla, le dio una pájara, y además se le escapó como una exhalación a 62 kilómetros de la meta el joven luxemburgués Andy Schleck, quien tras su proeza es firme candidato a la victoria en París siempre que Cadel Evans lo consienta.

Estamos todos disgustados con el pobre Contador –que lleva a sus espaldas el duro triunfo del Giro-, y puede que mas apenado aún estará ese gran aficionado al ciclismo que es Mariano Rajoy, del que las malas lenguas de siete filos dijeron que apremió la dimisión de Camps para ver tranquilamente el jueves la etapa del Galibier, lo que sin duda es una exageración. O no, como diría a la gallega el Poulidor de Pontevedra que sueña con ser el Induráin de la política.

Lo de Camps sigue sin estar claro después del sainete que él y sus compañeros de sastrería montaron el miércoles en torno al Tribunal Superior de Valencia donde unos dijeron que sí habían cometido delitos –Campos y Betoret- y otros que estaban a punto de cantar -Camps y Costa- al final dijeron que no se allanaban, por lo todo apunta a que habrá juicio final en el otoño y el natural espectáculo televisivo –no olvidemos que las seis cadenas nacionales de tv están bajo el control del PSOE– que se transmitirá en directo, si la Corte lo permite, como si se tratara de un juicio de la Campanario con Belén Esteban al frente de la acusación. Veremos que ocurre de aquí al otoño porque todavía “el curita” podría dar otra voltereta y finalmente reconocer que le regalaron los trajes, como todo el mundo sabe, y vuelta a empezar.

En todo caso, Rajoy a Paco Camps le ha cortado la cabeza con gran disimulo y ha dado prueba de ser un estratega que ha seguido las habilidades de los grandes campeones del Tour. Hizo una y otra vez “la goma”, dejándose caer hacia atrás y luego volviendo a la cabeza de la carrera, y al final cuando ya estaba cerca de la cima de su Galibier, o del monte Calvario de Camps, atacó y dejó al “curita” como pollo sin cabeza corriendo y hablando sin parar ante los ojos cabizbajos del verdugo Trillo al que había afilado la espada su fiel Julieta. Porque en estos sacrificios, como en las decapitaciones de los Tudor o los envenenamientos de los Borgia, siempre hay una mujer dispuesta a todo.

Clamaba Camps al cielo su inocencia y se ofrecía en el ara de la ignominia como un sacrificio por Rajoy, España y la Humanidad. Pero pasado el calentón y la emoción de la despedida, Camps está fuera del palacio de la Generalitat valenciana y se ha equivocado de punta a rabo. Porque si era inocente ¿por qué dimitió? Y si no lo era por ¿que se mete en un juicio donde lo van a arrasar y a condenar?

El verdugo Trillo -¡manda huevos!- lo lió: puso sobre la mesa del “molt honorable” un tapete azul PP bordado con cuatro gaviotas en las esquinas -obra de Ana Mato a la que en Génova llaman “la conguito” por el moreno renegrío- y acto seguido desplegó ante los ojos atónitos de Camps los tres cubiletes de rigor: ¿dónde está la bolita, donde está la bolita? decía Trillo, mientras movía los cubiletes a gran velocidad y ponía las condiciones del premio: si aciertas reconoces el delito y si no aciertas dimites de presidente. O sea, como el dilema clásico: “o abandonaste la guardia, o dejaste pasar al enemigo, en ambos casos mereces la muerte”. Al pobre Camps le cortaron la cabeza tal y como estaba previsto –no había tal bolita- y tuvo que dimitir. Y Trillo y Julieta regresaron tan contentos a Madrid, donde habrán de confesar sus pecados para no estar a mal con Dios durante la próxima visita papal a la capital del reino. La que afortunadamente esta vez no organizarán, como ya ocurrió en la Valencia de Camps, los chicos de Gürtel, que hasta de estas efemérides religiosas sacaron tajadas y no para enviarlas a los negritos de las misiones –que mueren de hambre en Somalia, sin que Benedicto XVI les haga donativos desde la inmensa fortuna vaticana- sino para esconderlos en algún paraíso fiscal. Recemos, pues, todos juntos por el pobre Camps y también por sus verdugos que lo van a necesitar.