En defensa del emperador del Japón

No ganamos para sustos y ayer se no apareció en la Bolsa –o la vida- Rodrigo Rato con el estreno de Bankia que, al final, salió airosa aunque se dejó unos euros en la gatera y ahora está, como todas las cotizadas, a expensas de lo que hagan y digan mamá Merkel y su “novio” Sarkozy el que estará como unas castañuelas mientras van saliendo de su asqueroso armario las aventuras y ataques sexuales del que iba ser su contrincante Dominique Strauss Kahn. Al que le crecen los problemas en Nueva York y en París, y que ha dejado en el peor de los ridículos y en la infamia al Partido Socialista Francés –y a Hollande y Aubry especialmente-, donde han preferido jugar a la inocencia de DSK dejando a la intemperie a las víctimas de este depredador sexual.

Como se ve, en todas partes cuecen habas, y en España de manera especial. Porque si ayer se salvó Rato por los pelos ayer también cayó Camps por los trajes. Y el que aún es el portavoz del PP, Esteban González Pons, se quemó las dos manos que había puesto sobre el fuego de este ninot ahora incandescente que es Camps. Lo que nos recuerda aquella historia de expresidente venezolano Rómulo Betancourt quien, acusado de corrupción, dijo en público: “que se me quemen las manos si soy culpable de corrupción”. Y a los pocos días el tal Rómulo –que no era hermano de Remo- sufrió un atentado y ¡se quemó las dos manos!. Motivo que le llevó a pronunciar un discurso que ya forma parte de la tradición oral venezolana en el que, Betancourt, tras el atentado, dijo: “conciudadanos les hablo profundamente “arrehecho”, porque en la madrugada de hoy un grupo de coños de madre, que son más coños de madre que los golpistas, han querido joderme la democracia venezolana…”. A Chavez, de momento, solo le da por cantar.

Y en España todos están de los nervios y a palos entre sí y unos contra otros. Zapatero acusa a Rubalcaba de haber sido el autor del editorial de El País; Camps acusa a Rajoy de haberle pedido la dimisión bajo amenaza velada de su suspensión de militancia; y el ministro Sebastián, titular de Industria y la electricidad, se ha enfrentado a Bono y se ha presentado en el Congreso de los Diputados sin la corbata preceptiva diciendo –a estas alturas de la ruina española- de que así se ahorra energía. Y cuando le preguntan si va a seguir en ese empeño el ministro eléctrico declara que sí y que lo hará “diga lo que diga Bono, o el emperador del Japón”. Y uno se pregunta ¿a cuento de qué se mete este ministro a la deriva con el emperador de Japón? El que además ha dado muestras ejemplares de amor a su pueblo durante los problemas nucleares de Fukushima.

Aquí ya nadie respeta a nadie y no sería de extrañar que el embajador de Japón en Madrid presentara una nota verbal de protesta por el comentario del ministro Sebastián. Que es lo que debió hacer la ministra Trinidad ante Israel por la indecente carta de despedida de su último embajador en Madrid, acusando a los españoles de anti semitas. Aunque lo mejor hubiera sido reconocer inmediatamente el Estado de Palestina sin esperar las órdenes de Obama, Merkel o de Sarkozy.

O sea de Valencia a Tokio no hay más que un paso, y por ello convendría preguntar: ¿brindó ayer Zaplana con zumo de naranja o con champagne por la dimisión de Camps? No sería de extrañar, pero que se ande con cuidado este otro pájaro no vaya a ser que se vaya de la lengua Paco, “El Pocero de Seseña”, o que largue otro sastre valenciano que le hacía por pares los trajes a Zaplana cuando era el presidente de esa, ahora vacante, Generalitat. Y si no que le pregunten a Boluda cuántas veces hubo de pasar la Visa oro en Hermés París para pagar unas corbatas de Zaplana, porque el valenciano, como Camps, no llevaba “argent de poche” –como nos contó un testigo presencial que pasaba por allí. O sea que cuidadito con los festejos, no vaya a ser que la traca que ha encendido Camps llegue a Benidorm, pasando por Alicante y por la investigación que el Banco de España hará muy pronto en la CAM. En cuanto a lo del emperador de Japón, le pedimos nuestras excusas en el nombre de España y del Gobierno de la nación.