Gallardón, antídoto de Rubalcaba

Lo mejor que le ha pasado en su vida personal y política a Alberto Ruiz Gallardón se llama Mar Utrera, gran dama de Madrid y del escenario de la política nacional. Porque de todo lo demás que le rodea y a pesar de sus cualidades, que las tiene, poco se puede decir de este político, soberbio, despilfarrador, solitario y siempre a la espera de que el pueblo lo reclame como un a Fernando VII, aunque lo suyo estaría más cerca de Godoy. Pero de entre lo que hay en el PP todo apunta a que Gallardón es de lo mejor y cuenta con una buena imagen entre el electorado nacional que él se cuida de no arriesgar a la espera de su gran oportunidad.

Pero siendo esto así y tras el avance fulgurante de Rubalcaba, vestido de  caballero negro del Juan sin tierra que empieza a ser Zapatero, no sería descabellado que Rajoy presentará, en un alarde de audacia impropio de su manera de ser y conducir la oposición, a su caballero blanco cabalgando por el centro del tablero político español. Lo que tendría en las huestes del partido conservador un efecto similar, de entusiasmo y esperanza, como el que el pérfido Rubalcaba provocó en las deprimidas bases del PSOE.

Una decisión de semejante alcance –que daría a Cospedal la oportunidad de dedicarse de una vez a Castilla La Mancha-  centraría a los populares en el debate político y mediático donde hoy se mecen confiados en tener al alcance de su mano una fácil victoria electoral. La que jalean  las tertulias extremas y vociferantes y algunos políticos lenguaraces, como el alcalde de Valladolid que ayer enseñó su peluda pezuña por debajo de la puerta, y que entrarán con facilidad a las provocaciones que la trinca parlanchina del nuevo gobierno, en la que se integran Rubalcaba, Blanco y Jaúregui, les hará a la espera que el PP les embista con más ímpetu que cabeza y se olvide de lo esencial.

Un debate en televisión entre Rubalcaba y Gallardón sería digno de verse en el momento actual y en el ruedo nacional donde el alcalde de Madrid no ha tenido más remedio que salir, porque se ha convertido en el centro de ataques del Gobierno y el PSOE a su déficit público y porque quieren estrangular –y puede que  incluso intervenir desde la Hacienda pública- al ayuntamiento de la capital de España para escenificar el mal gobierno del PP y de paso dañar la buena fama de este Sir Lancelot qué hora es de que entre en combate nacional blandiendo Excalibur frente a la maza y doblez del marrullero caballero negro. El todopoderoso número dos del PSOE y de Zapatero, y que pretende hacerse con un sitial en este país tan mágico como extraño, en la corte del Rey don Juan Carlos I. El mismo que ayer se deshacía ante las cámaras de televisión en sonrisas, bromas y abrazos con los nuevos ministros del PSOE, francachela un tanto exagerada que no se ha visto en otras solemnes ocasiones, por ejemplo con los ministros del muy austero José María Aznar, cuando el castellano lideraba los tercios españoles en lejanas guerras que mejor conviene olvidar.

Cuando todo apuntaba a que Zapatero se había quedado inmóvil como una estatua de sal, de tanto mirar en España hacia atrás, incluso hacia la Guerra Civil, el de León se despertó, cambio de política económica, se fajó con la huelga general y, forzado o de “mutu propio”, nombró a Rubalcaba capitán general, a sabiendas de que si sale triunfador en la porfía el viejo conspirador lo derrocará. Aunque eso Zapatero ya lo da por descontado y se conforma con una salida honrosa de la Moncloa y no por la puerta de atrás.

Pero ante este movimiento de pieza del caballero negro sobre el tablero español, desbancando a la dama De la Vega, y saltando por encima de sus alfiles, Blanco y Chacón, Rajoy parece haber quedado desconcertado y se consuela mirando al oráculo de Arriola que, moviendo la cabeza, le vuelve a decir que no. Que no hay que mover ficha sino esperar. Pero esta vez el Rey blanco del tablero se puede equivocar si mantiene a la dama Cospedal en la vanguardia, y a Arenas y Soraya haciendo la diagonal. Aquí hace falta un caballero blanco en el centro del tablero para que la contienda, que se anuncia apasionante, no sea desigual.