Del Bosque es el culpable

Lo mejor y lo más divertido de lo que llevamos del Mundial de Sudáfrica es la bronca, mano a mano, entre el gorila Maradona y el astuto Pelé, los dos jugadores más grandes de todos los tiempos que están haciendo las delicias de la prensa deportiva internacional y que podría ser la guinda dorada que le falta a este pastel si finalmente Argentina y Brasil se encuentran en la final. Maradona es un huracán mediático que pelea a pie de cancha y Pelé está, junto a Platiní, cómodamente instalado en el “establisment” del futbol mundial y eso llena y ocupa casi todo en este arranque del Mundial, donde no se han visto demasiadas cosas y donde el esperado estreno de la Selección española dejó un resultado amargo y contradictorio porque dicen que La Roja jugó bien pero perdió, mal consuelo porque el fútbol solo es gol.

El profesor Llatas un sabio de esos que son y en el mundo han sido -profesor en Harvard de física cuántica- asistió a su pesar en Madrid a la primera parte del catastrófico estreno de España en el mundial de Suráfrica, y viendo la portentosa altura del portero y la defensa del equipo de Suiza preguntó: ¿esto es baloncesto? Y acertó, “altos eran y relucían”, que diría Abenamar, los zagueros helvéticos de la cruz blanca sobre el pecho rojo y todos juntos y en línea configuraban la infranqueable línea Mallinot donde los ratones colorados de España se estrellaron una y otra vez en los corners y los ataques por las bandas, demostrando que ese tótem impasible y cabezón de Del Bosque es un pardillo sin imaginación que no supo plantear el partido. Porque tuvo en punta a tres pequeñines, Villa, Silva e Iniesta (el mejor y lesionado) como enanitos perdidos en el bosque de las poderosas piernas de los suizos. Los que, como ahora descubren los analistas de ocasión para justificar la injustificable derrota española, nunca encajaron un gol en el último Mundial y no perdieron un solo partido en la Eurocopa, que ganó España.

Del Bosque debió alinear de salida a Torres y Llorente porque los violinistas del pase corto y dominio del escurridizo balón Jabulani sonaban muy bien pero cuando tronaba el redoble del tambor para forzar la carga de la caballería ligera española nuestros exquisitos muchachos se estrellaban una y otra vez contra la muralla de la Guardia Suiza. La misma que defiende al Papa Benedicto XVI y custodia los capitales de los señores más poderosos del mundo, los reyes, los príncipes, las familias de postín, los dictadores y los mafiosos o traficantes y también las joyas y capitalitos de las amantes “sin chales en los pechos y flojo el cinturón”, como decía Espronceda en “La Desesperación”. Un poema desgarrado que nos viene al pelo para definir el estado de ánimo del pueblo español.

¿Quién es el gafe? Este país ha pasado en un suspiro de la euforia a la depresión, y en todo sin excepción y aquí incluida la Selección nacional de futbol, la favorita del Mundial, campeona de Europa, la cabeza, el corazón y la espina dorsal del Real Madrid y el Barça, la esperanza roja de millones españoles que lloran por las esquinas y echan cuentas asustados para ver si con un poco de suerte y de furia podemos derrotar -no valen los empates- a Honduras y Chile y pasar a los octavos de final donde para colmo nos podríamos encontrar con Brasil. ¿De qué nos ha servido el dominio del balón y la estrategia fallida y reiterada del ataque pos las bandas si no hay goles y Casillas, que tiene la cabeza en el regazo de su diosa, canta por Peteneras y de las tres únicas llegadas helvéticas nos hacen un gol? Nada de esto le había pasado al sabio Luís Aragonés.

Del Bosque es un membrillo protegido por Villar, se ha equivocado de plano en el arranque del mundial y en la estrategia del partido y la prueba: Villa no tocó un balón. Pero empeñado en tener razón el hierático entrenador no supo reaccionar porque Torres llegó demasiado tarde y sin la ayuda de un centro del campo rompedor. Y pasó lo que pasó que es lo que nos faltaba en España para llegar a la gran depresión. Naturalmente, el gafe está en el palacio de la Moncloa y se llama José Luís. Y quiera Dios, si es que se apiada de este país tan laico, que un golpe de suerte y de furia española nos permita recuperar el aliento y llegar a esos octavos de final que ahora se han convertido en la bendita playa con la que sueña el naúfrago equipo español.

La banca y el Estado están en quiebra –deben hasta de callarse, y no hay nadie que les preste un clavel-, los sindicatos tocan las “vuvuzelas de la huelga general”, la reforma laboral no es ni carne ni pescado y no contenta a nadie, Bruselas pide más ajustes del cinturón de castidad del déficit español, la oposición está tocando el violón, y a nuestro Príncipe de Asturias don Felipe de Borbón, que viajó a Durbán para dar ánimos a la Selección, se le ha quedado una cara de desconsuelo que tendrá que arreglar la Princesa Letizia camino de la boda sueca que este fin de semana se va a celebrar bajo la atenta vigilancia de Jaime Peñafiel (¡cuidado con él!).

El profesor Llatas es un sabio y un santo y en un abrir y cerrar de ojos adivinó lo que iba a pasar, porque lo de Durban parecía fútbol muy bonito pero al final resultó un partido de baloncesto en una cancha de frontón donde los malabaristas españoles se estrellaban una y otra vez con la pared de la Guardia Suiza, los gigantones que en sus ratos libres trabajan en relojerías y en fábricas de chocolate, y así nos fue. ¡Qué le vamos a hacer! La fuerza derrotó a la maña y Del Bosque ni lo adivinó antes de empezar ni supo rectificar cuando apareció el frontón. España jugó mucho y jugó bien, nos dirán los estetas del balón, pero perdió.

En la España de Zapatero estas cosas suelen pasar, van a juego con todo lo demás. Tenemos la suerte de cara, los astros en línea, con Saturno enfurecido con nuestra posición y desde la más alta almena del castillo de los sueños encantados, donde presa está la Princesa enamorada de nuestra ilusión, los vigías otean con desesperación el horizonte azul pero no ven cabalgar hacia la fortaleza un caballero blanco, un líder con armadura de plata, penacho de combate, lanza en ristre y demudada la color que dé la batalla por España, aunque sea pinchando con la punta de su lanza el puñetero balón.