Fin de curso en Moncloa

La seño María Teresa Fernández de la Vega ya no toca la campana del recreo en la escuelita de la Moncloa porque también ha caído en desgracia, como otros tantos ministros, y además lleva semanas haciendo baúles y maletas para embarcar su gigantesco fondo de armario antes de despedirse de tan inhóspito palacio. Ahora, el corregidor de esa corte de los milagros que nos gobierna es el vicepresidente Manuel Chaves, a quien un osado sevillano que iba a los toros con unas copas de más le dijo “adiós cabezón” a las puertas de la Maestranza y la guardia civil caminera lo llevó codo con codo al más cercano calabozo, por desacato a la autoridad.

Fue Chaves quien, con su cabezonería particular, le cantó las cuarenta a la vicepresidenta Salgado por causa del decretazo contra el endeudamiento municipal lo que obligó a una nueva rectificación -puede que ilegal, porque el Consejo de Ministros aprobó otra cosa- en el BOE, motivo por el cual doña Elena fue castigada sin cenar. Lo que a ella le importa nada o más bien poco porque es de poco comer como se aprecia en su estilizada figura al borde del desmayo, de la talla 36, no apta para menores con ambiciones de pasarela.

Está visto que en Moncloa han dado orden de cerrar en este doloroso mes de junio el curso político a capón, y que de aquí al final de la planetaria presidencia europea de Zapatero -sólo le falta una guerra en el Oriente Próximo- se van a cerrar todas las espitas abiertas. La cajas de ahorro que quedan sueltas o se fusionan entre sí o las interviene Mafo a toda velocidad. Los sindicatos y la patronal, a los que les acaban de dar otra prórroga, antes que caiga sobre sus cabezas el nuevo decretazo para la reforma laboral, les han dicho lo mismo: acaba el tiempo. A doña María Emilia Casas, la presidenta del Tribunal Constitucional, también le han leído la cartilla y o hay sentencia del estatuto catalán en próximos días o disolución del Tribunal, de ahí la convocatoria urgente del pleno del TC para el próximo día 10. Y de ahí también los rumores insistentes de que ETA podría anunciar otra tregua en las próximas semanas, que para eso se llevó Rubalcaba a Otegui a Logroño, dejaron escapar a De Juana Chaos, y soltaron a Usabiaga.

¿Por qué tantas prisas? Pues porque Zapatero o quiere unos días de sosiego para preparar la crisis de gobierno con tranquilidad, o simplemente quiere tener tiempo para ver los partidos del mundial, que empiezan el día 11 de este sorprendente mes de junio que ya está bajo los signos de grandes tormentas y que el presidente quiere clausurar con una cena europea y de gala en Madrid, que será, también, la última cena del gobierno del decretazo y otras muchas calamidades. Y quiera Dios que la Selección nacional de fútbol no caiga en primera ronda o en octavos de final por culpa de la pájara que adorna a Iker Casillas, convertido en un colador, o por cualquier otra inclemencia. Porque entonces no hará falta que Méndez o Totxo convoquen la huelga general porque la furia española saldrá de manera espontánea a las calles de Madrid y puede que de la Gran Vía solo queden los cuadros de Antonio López y poco más, porque por muchos menos motivos incendió Roma el emperador Nerón.

La cuestión de fondo no está en saber quién se queda y quien entrará en el nuevo gobierno, o si Pepiño y Rubalcaba se van enfrentar, a pistola, en un duelo al amanecer para ver cuál de los dos se hace con la vicepresidencia primera del gobierno. O quien será el nuevo ministro económico que deberá torear el miura del ajuste. La cuestión de fondo estriba en saber si Zapatero va a seguir al mando de la Moncloa o si, hecho “el trabajo sucio” del ajuste social del déficit, de la reforma del mercado laboral, del estatuto catalán, de las cajas de ahorro, de la enésima tregua de ETA, y otras rectificaciones, a lo mejor decide cumplir su palabra de darle una oportunidad al futuro de España, sacrificando el suyo personal y se va con viento fresco de Rodiezmo a descansar y deja abierta en puertas del otoño la investidura de un nuevo capitán.

Estamos en fin de curso y los ministros, con el suspenso general en su cuaderno de notas, se aceleran como esas infelices crías de tortuga que los cormoranes y las gaviotas no dejan que lleguen al agua, e intentan desesperados alcanzar el azul del mar. Pero ya es tarde y no habrá exámenes de recuperación para septiembre porque unos caerán y los menos se salvarán, y desaparecerán ministerios. Y, a ser posible, los nuevos tendrán que enseñar el currículum, y saber idiomas, y entender algo de sus departamentos y tener la piel de elefante por lo que pueda pasar.