Un problema español

La gente sabe que repasar la historia no suele venir mal, siempre y cuando no busquemos en ello un ejercicio de melancolía, que nunca llevó a nada. Revisar lo que sucedió nos ilustra sobre lo que sucede o puede suceder con la salvedad de la temporalidad. Las cosas que suceden en su tiempo puede que en otros tiempos no tengan posibilidad de repetirse así es que es mejor tomar notas y no fijarse en los detalles. Por otro lado, los sucedidos son morrales psíquicos que se arrastran a veces durante cientos de años. Agravios que guardamos de nuestros antepasados y que aún nos recuerdan las miradas a las fotos antiguas y que, casi siempre, incorporamos a nuestras vidas como si nos hubieran sucedido a nosotros. Es cierto que en este último caso, suele pasar con más asiduidad en sociedades sencillas y melancólicas, muy encerradas en si mismas y con fuertes lazos atávicos, con la tierra, las familias, los linderos, etc. En general sociedades rurales.

Una mirada a la historia nos ilustra sobre la enorme capacidad que tienen los hechos de reproducirse una y otra vez. Ralf Dharendorf en su libro Teoría del Conflicto explica claramente como los conflictos tienen rara solución, porque generalmente no se remiten a unas condiciones que una vez cumplidas pudieran ser olvidadas sino que representan un dinámica reivindicativa que no tiene fin, por eso, sólo algunos llegan al final de su recorrido. Lo normal es que se mantengan vigentes. El sociólogo alemán propone como respuesta la aceptación del conflicto puesto que va a vivirse con el un tiempecito. La condición para poder asimilarlo es que esté planteado, vivito y coleando sobre la mesa. En caso contrario, cuando el conflicto no se manifiesta, se va pudriendo poco a poco mientras se piensa que ya no existe, hasta que de pronto, de nuevo, estalla con mayor virulencia. Esto parece que vuelve a suceder si miramos la revolución catalana de octubre de 1934. La movilización popular y los acontecimientos violentos parecen ser copiados al milímetro y las cosas parecen las mismas a pesar de los años transcurridos y todo lo que ha sucedido desde entonces.

Al igual que entonces y en contra de lo que dicen muchos el problema no es entre catalanes, no se ha planteado así. La cuestión catalana es el problema español. Es el pueblo español el que tiene el conflicto. La división social catalana es solo una consecuencia irremediable. La cuestión catalana al igual que en 1934 se plantea cuando España es un régimen democrático. No es en absoluto como se ha leído estos días un choque entre nacionalismos. Es una movilización popular independentista contra el orden democrático pactado por todos. Es, de nuevo, el Estado democrático frente a la pulsión nacionalista catalana, que como ejemplo de la teoría del conflicto se pudre bajo las faldas de las mesas camillas en tiempos dictatoriales y surge frente a los democráticos, por eso, el problema no lo tienen los catalanes, lo tenemos los españoles. Los habitantes de Cataluña se debaten entre niveles de adhesión nacionalista anteponiendo el territorio a la persona, la patria sobre el individuo.

España vuelve a tener sobre la mesa el viejo problema catalán y es quien tiene que resolverlo. El diálogo reclamado por casi todos, sin imposiciones, nos parece prácticamente imposible. No habrá manera de entenderse en los planteamientos actuales, las posturas son irreconciliables por el momento. Pero si aceptamos poner sobre la mesa el asunto y sacarlo de debajo de las alfombras, puede que fuera la oportunidad de volver a pensar sobre lo que significa el país hoy, y, sobre todo, viendo la futurología politológica europea, cual puede ser el país del futuro. Así arreglando Cataluña arreglaremos España

“Yo estuve aquí” se lee en los cócteles molotov. Octubre