El olor de la violencia (II)

La gente sabe que el hombre es violento por naturaleza y socialización y es en este plano donde consigue la mayor cuota de agresividad, Charles Tilly hace referencia a la rapidez con que la violencia colectiva y los mecanismos que la componen se activan y se desactivan pasando de la interacción violenta a la no violenta y viceversa, la sensación colectiva se comporta como un organismo en tanto en cuanto esta pendiente del transcurso de los acontecimientos.

Por otra parte, los grupos violentos tienden a organizarse tanto antes de los acontecimientos con llamadas y coordinación como durante el acto violento. Las redes sociales sirven como plataforma informativa de manera que los diferentes sectores pueden organizarse dinámicamente, pasando de un nivel de violencia a otro o establecer cambios de escenario. Los instintos de agresión vienen conceptuados desde la infancia. “El otro” es nuestro competidor, no el cooperador. La educación volcada en preparar al hombre para el trabajo impone esa competencia que nos hace considerarnos a nosotros mismos como un animal en guerra contra los demás.

Freud afirma que los instintos de agresión no aceptados socialmente pueden ser sublimados en el arte, la religión, las ideologías políticas u otros actos socialmente aceptables. La catarsis implica despojarse de los sentimientos de culpa y de los conflictos emocionales, a través de llevarlos al plano consciente y darles una forma de expresión.

Por ese despojo de los sentimientos de culpa transcurre la justificación de la violencia que se basa en la adjudicación al otro de esa misma culpa, de forma que la acción violenta no es sino la reacción a la violencia previa. Los discursos de los líderes independentistas no hacen sino confirmar ese supuesto ya que se consideran un pueblo oprimido por un Estado opresor y vengativo obviando que siendo cierto que ninguna violencia es justificable en una democracia parlamentaria de un Estado de derecho, menos aún.

Dice Maquiavelo que cuando se subvierte el orden para la guerra, se pierde el orden y la guerra. Pero en estos días, la violencia callejera ya no está en manos de los políticos que tan solo han tenido que consentirla y alentarla. La calle esta en manos de aquellos para los que la violencia no es sino su modo de manejarse en el sistema. El sistema en manos de los antisistema. La violencia es fácil de desatar y muy difícil de contener ya que la respuesta es otra violencia que desata esta en un sin fin en el que se ha convertido el problema para el resto del país, día tras día, semana tras semana, año tras año, injertando el problema en la vida diaria de todos, independentistas y constitucionalistas. Todos pendientes del devenir continuo de una matraca en la que aparecen los discursos pacifistas junto a los actos belicosos. Cinismo e hipocresía sin fin.

La institucionalización del problema no es sino una dictadura mas o menos encubierta en la que no se admiten medias tintas ni posturas bivalentes, el asunto es conmigo o contra mi en un callejón donde la salida no parece vislumbrarse, ni siquiera en esos llamamientos al diálogo que se oyen en las declaraciones políticas, no hay tema de conversación. No hay mas que oír al Honorable Torra.

La calle arde y la violencia ejerce un efecto llamada por todo el país e incluso fuera de él y los que buscan su vida en ella se alistan gozosamente para la siguiente algarada. Las imágenes son impactantes, mientras los hechos se esconden tras la propaganda, y la vida, como siempre, empieza a acostumbrarse a lo que hay, que es lo peor que puede pasar

Siempre el fuego y el humo con el hombre, miles y miles de años igual. Octubre