Todo al costo por cierre (II)

Argentina, de nuevo, en el diván

La gente sabe que cuando uno se embarca en una relación, procura guardar una opción de salida. Durante años y sospecho que aún hoy, mi mujer guardaba en un cajón una cantidad de dinero en un sobre. “Por si un día me quiero ir” ha repetido durante mas de cuarenta años. En esa cantidad de dinero estriba su tranquilidad en la salida. Recuerdo que cuando me separé en mi primer matrimonio, salí de la casa que había comprado años atrás con una bolsa de deportes y una muda como se decía. Paré un taxi en la calle O’Donnell y me fui a casa de mi madre a dormir. No guardaba ningún convoluto, pero tenía familia.

Argentina es un país de acogida ejemplar. Desde su época colonial, como todos los países de su entorno, acogió en su seno a todo aquel que quisiera colaborar con su esfuerzo en el desarrollo del país, aunque fue sin duda en la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX cuando se empezó a convertir en el país que hoy es, fundamentalmente con una inmigración basada en tres corrientes, la española, evidentemente, la primera y mas numerosa, basada sobre todo en emigración vasca, asturiana y sobre todo gallega, (de ahí que se terminara convirtiendo en término genérico gallego como sinónimo de español), la emigración italiana, importantísima, fundamentalmente del sur de Italia y la emigración centro europea, básicamente de origen judío. Lamentablemente, como pasó en otros países de acogida como los EEUU, la población nativa había sido prácticamente extinguida en la mayor parte por la aristocracia criolla, fundamentalmente en el centro y sur del país, por lo que aquello del crisol de razas no se pudo dar como en otros países de la América latina. Argentina fue y sigue siendo el país americano menos americano de todos.

Comúnmente, los países formados por colectivos diversos de emigrantes, suelen desarrollar con prontitud una conciencia nacional muy fuerte y el abrazo a los símbolos representativos, himno, bandera, etc. Son adoptados con pasión. Los inmigrantes consiguen la integración a través de compartir desde la primera generación la condición nacional. Así, las imágenes de adhesión a esos símbolos suelen ser muy exaltadas y pasionales, mucho mas, generalmente, que en los países viejos, donde las rencillas y desencuentros trazan un paisaje mas descreído, como es el caso de España.

Argentina es un país adorado en general por sus nacionales y así, las adhesiones a su condición nacional suelen ser, incluso, motivo de broma por el esperpento consolidado de su desmedido orgullo, al menos en los chistes. Sentimos a los argentinos algo sobrados en su relación con los demás, aunque, repito, son asuntos de la leyenda mas que otra cosa. Pero si analizamos sus crisis desde un punto de vista socio antropológico, no económico, para el que no estamos capacitados, los datos nos dan una fotografía muy distinta. El capital huye de Argentina. Sea gran capital o pequeños ahorros. La búsqueda desesperada del dólar y es más, la dolarización mas o menos encubierta de su economía desvelan una desconfianza mayúscula en el país, todo el mundo guarda sus dólares USA y aguarda el momento de largarse con ellos a otros países. Comparativamente con los países de su entorno, la cantidad de argentinos que viven fuera de La Argentina es significativa. Curiosamente, un país formado por inmigrantes es un país muy emigrante. No pasa, por ejemplo con los EEUU, mas bien al contrario.

¿Porqué los argentinos no creen en La Argentina?

Puede que el mantenimiento de ese espíritu europeo no acabe de romper los lazos con los orígenes, de forma que la construcción nacional se base en estructuras simbólicas mas débiles que en otros países o que, en serio, nadie se fíe de nadie. Hay experiencias de distanciamiento entre vecinos en épocas de la dictadura que pueden y quizá deban ser revisadas por si nos arrojan alguna luz sobre esta especulación, pero seguro que es la gran tarea pendiente.

No hay especulación sensorial sino sensación instintiva. Septiembre