Camilo

La gente sabe que cuando alguien muere, alguien, seguro, dirá algo sobre él. No le valió de resistirse es una antigua fórmula de pésame de Castilla-La Mancha que pone de manifiesto cuanto nos resistimos a dejar de existir.

Aseguran los paleo etólogos que le resistencia a la muerte está directamente relacionada con lo que llamaríamos la calidad de la vida. De esa forma durante miles y miles de años, en los que la vida tuvo un valor resumido, su pérdida no fue tan trascendente como para que los sacrificios no fueran comunes e incluso un instrumento de liberación o de prestigio. Quizá en México fue donde la cultura de la muerte alcanzó su cenit y aún, en cierta medida, lo sea.

Ha muerto Camilo Blanes y seguro que seremos muchos los que escribamos algo sobre él, aunque puede que de lo que llamaríamos un cantautor comprometido, se espere menos, pero así son las cosas.

De verdad que no recuerdo si fue con Los Dingos o con Los Camperos, en la cuesta debajo de los sesenta, cuando tocamos todos los viernes en el club Nika’s, al comienzo de la Avenida de América, mítico club creado como club de Jazz por el no menos mítico Nicholas Ray, enorme cineasta, creador entre otras de la maravillosa Jhonny Guitar, en los finales cincuenta. Pues bien en aquellas sesiones, alternábamos nosotros con un grupo recién llegado de Alcoy llamado Los Botines, donde cantaba un tal Camilo, así a secas. Por aquel entonces a mi no me dejaban cantar en el grupo por tener “voz de negro” así es que mi papel se limitaba a “Guitarra rítmica”. Oí por eso a Camilo, luego Sesto, durante todo aquel año y envidié su extraordinaria voz y la manera en que las chicas se le tiraban encima.

Después de aquella etapa, salvo rarísimas excepciones nuestras carreras fueron divergentes y nos vimos muy poco. No mantuvimos, por así decirlo, una relación de amistad estable. De hecho, salvo por las noticias que me daba mi manager Antonio Peña de sus apariciones esporádicas en México, apenas supe de él hasta ayer por la mañana.

Y precisamente ayer, comentando con mi familia su desaparición, de una manera completamente confesional, volví a expresar mi opinión sobre su figura y su obra. Mi mujer, me dijo: “Pues eso deberías dejarlo escrito”. Y eso hago.

Creo que Camilo ha sido un compositor extraordinario, con un sentido excepcional de la melodía y una sabiduría mayor sobre como unir su creación con sus cualidades vocales. Desconozco la manera que tuviera de componer. Nunca le vi tocar una guitarra o sentarse en un piano, pero casi todas sus canciones son composiciones musicales de gran nivel, con un desarrollo vivo y complejo y una resolución, siempre muy eficaz, que obtuvieron gran éxito, si, pero también lo obtuvo en su día La Vaca Lechera.

Como escritor de textos de canciones, sin pretensiones culturales que probablemente, en caso de poder hacer, le hubieran limitado en su difusión, es un letrista eficaz que logra alrededor de casi el mismo tema, el amor, encontrar diferencias significativas huyendo de la reiteración y la monotonía. Ninguna canción suya se parece a otra a pesar de compartir en general una temática similar y una baraja armónica persistente.

Por último, Camilo fue un cantante extraordinario, dotado de una voz milagrosa, un timbre muy personal y un carácter único. Cualquiera que lo escuchará no lo hubiera podido confundir con otro. Tenía una amplia tesitura lo que le permitía pasearse arriba y abajo con soltura. Además de tener una potencia enorme, nunca abusó de ella, con una modulación asombrosa.

Siempre respeté su trabajo frente a quienes lo desacreditaron impunemente. No se si finalmente, logro independizarse de su esperpento, pero fue un grande. He dicho.

Si se calla el cantor calla la vida (Horacio Guaraní). Septiembre