De aquí al jueves (A setas y Rolex)

La gente sabe de memoria ese chiste malo que ridiculiza el carácter decidido de los vascos y su voluntad en el empeño. Si estamos a algo, estamos a eso y no a otra cosa. Pero como en el parlamento del país no hay demasiados vascos, no parece tener sentido amplio, aunque lo traiga a colación el portavoz del PNV, llamando la atención con ello al resto de la cámara sobre la, a su juicio, dispersión de sus señorías en el debate de investidura. Pero lo que no parece es que el Sr. Esteban se de cuenta de en donde se están jugando los cuartos los representantes del pueblo español.

El Parlamento es el gran teatro de los partidos. En él se representa la función del debate de investidura por enésima vez sin apenas cambios relevantes desde 1978, fecha, por cierto, denostada por casi todos. En estos tiempos de rencilla, aquella buena disposición parece sospechosamente estentórea. Es una función que se repone sin apenas cambios una y otra vez. El pueblo llano, la gente, asiste a ella aburrido, porque se sabe el cuento. Sabe qué se dirá, qué se callará y cuál será el final. La cosa se repone con tal empecinamiento que es como esas películas que hemos visto cientos de veces y que volvemos a poner en la tele a ver si nos aburrimos y logramos dormirnos. La sensación de pescao vendido huele que apesta y resulta difícil adivinar si alguien termina creyéndose la trama y llora por la muerte de la joven protagonista o aplaude si el bueno alcanza al malo. Esto está visto y manido.

Desde hace 80 días, la gente está esperando a ver qué pasa, después del 26 de mayo, sin que nadie mueva ficha, sobre todo el PSOE. Que, por fin, se pone en juego a ver si suena la flauta, con el horizonte del jueves próximo como fin de la película.

Se trata de una función en la que los gestos, como los aparte de la gran Lina Morgan en la Revista, logran significar mucho mas que el texto de la propia función. Y como en la Revista, la complicidad con el público es fundamental. Sus señorías sonríen, se dedican gestos, niegan con gestos furibundos o, en el mejor de los casos, atienden a los mensajes de sus smart phones, pero ay, no hay quien como en el colegio o la Universidad les llame la atención. Más parece un truco para evadirse de lo que sucede que un auténtico mensaje de desprecio a aquel que en ese instante está exponiendo su programa. Sus señorías se empeñan en las pantallas de sus móviles como forma de enviar un mensaje sin interpretación posible. Eso, cuando no se ausentan en masa en los momentos en los que intervienen los representantes del grupo mixto que no parecen importarle a nadie. Ni a Adolfo Suárez Illana, siquiera.

La función está llena de fake news y datos falsos. Todos ellos proporcionan datos erróneos con una caradura impresionante, sueltan datos mal confirmados que una vez descubiertos no solo no se disculpan por ello sino que no los reformulan debidamente. Pero no parece demasiado peligrosos en ese tono general consabido. La verdad solo tiene cabida si es instantánea, poco vale que pueda ser desmentida, lo importante es haberla dicho en la tribuna. Ya se encargarán más tarde los medios de comunicación de corregirles, cuando ya sea demasiado tarde. Una vez que se cierre la sesión parlamentaria, todos volverán, de nuevo, al saludo en el pasillo y la cervecita.

El pueblo llano no tiene en general acceso a las actas del Parlamento y por eso no puede comparar las sesiones actuales con otras en el tiempo histórico, por eso la medida política de sus representantes no corre el riesgo de ser comparada, ni los debates y sus asuntos pueden correr el riesgo de parecerse a otros, pero aún así, la gente sabe que nada de lo que se ha visto puede cambiar nada de lo que se espera y de ahí el desánimo con que lo mira de soslayo.

No hay viento que se lleve los sombreros. No quedan cabezas. Julio