Latinajos

La gente sabe que los que leen están habituados a las citas. Mas, probablemente, los que leen textos sesudos, universitarios, de ensayo, de opinión, etc. Todos los que nos atrevemos a publicar lo que pensamos, estamos de manera muy definitiva basados en otros que nos precedieron en lo mismo y nos alivia acudir a ellos para fundamentar que lo que escribimos no está colgado en el aire desde nuestro quehacer, sino que nos llega desde otros gigantes anteriores sobre cuyos hombros, como decía Ramón Llull, es necesario subirse para ver mas lejos.

Para quien escribe, por tanto, acudir a la cita oportuna es una red que evita el costalazo contra el piso. Significa que no solo hemos leído sobre lo que escribimos sino que, si no lo hemos hecho a base de memoria, al menos habremos abierto la leuchtturm 1917 y habremos apuntado la cita. Desde luego, nada como la cita memorística. Recuerdo un profesor de Teoría sociológica en la Universidad, que de cada diez palabras en castellano decía tres o cuatro en alemán, que a veces traducía a continuación, citando el autor, y a veces lo olvidaba, continuando la clase dejándote in albis.

Para quien escucha o lee, la cita es un descansillo en la escalera de subida. Nos relaciona mas confiadamente en quien escuchamos o leemos. Si alguien lo dijo antes que él, es que el hecho perdura. Estamos habituados además a dar por verídica y exacta la cita y su origen, aunque a veces nos perdemos, pues la oímos asegurar de diferentes fuentes. Aquello de que la inspiración existe pero te debe pillar trabajando, la hemos escuchado atribuida a mas de diez autores. Por eso, en los textos serios, se pide que las citas vengan acompañadas de autor, obra, editorial, año de publicación, número de página y párrafo. Solo de esa manera tendremos la seguridad que no se trata de un cuento chino. Porque también, a veces, oímos la cita en varias versiones diferentes todas ellas mostradas con total seriedad. De cualquier manera en este caso no importa si es verosímil, lo importante es que sea verídica.

Se suelen citar en todos los idiomas y en según que ambientes, uno u otro adquiere mayor verosimilitud, como el caso citado del alemán en los estudios de Sociología, o el español de Andalucía en las citas taurinas, siempre atribuidas indefectiblemente a Guerrita, El Gallo o Belmonte. Pero sin duda, la palma se la lleva el latín. El idioma por antonomasia para citar. Primero porque casi todo lo que concierne a la cultura occidental ya lo escribieron en Roma y segundo porque siendo la madre de las lenguas occidentales en su mayoría, todo lo que se pueda pensar se puede decir perfectamente en latín. Su uso suele ser tan abusivo que han terminado por denominarse popularmente como latinajos. A veces como en el caso del artículo que provoca estas líneas, se cita al autor por su nombre incompleto y desconocido para la mayor parte de los lectores de periódico. En un artículo publicado en el periódico El País a colación de la celebración de la romería de El Rocío, firmado por Jesús Mota, este cita: “Lucrecio proclamó espantado Tantum religió potuit suadere malorum (“A tantos males nos conduce la religión”) bueno lo hemos buscado para que el lector lo comprenda mejor: Tito Lucrecio Caro (en latín, Titus Lucretius Carus; c. 99 a. C.-c. 55 a. C.) fue un poeta y filósofo romano, autor de un único texto que se conozca: el poema didáctico De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas), que defiende la filosofía de Epicuro y la física atomista de Demócrito y Leucipo. La cita viene a cuento del fervor religioso conocidamente extremo de esa manifestación religiosa que cada vez lo parece menos. Pero desde ese punto de vista, aún incomparable a la liturgia católica, donde el sacerdote lee exactamente todo lo que dice el libro y ni una coma mas o menos. Eso si que es citar. Aunque ya no se haga en latín.

Las almas se desconocen hasta que se huelen, como los perros. Junio