La gente y el territorio 2. Arbujuelo de Arriba (o de Abajo)

...En estos pueblos, ¿se escucha 
el latir del tiempo? No. 

En estos pueblos se lucha 
sin tregua con el reló, 
con esa monotonía 
que mide un tiempo vacío. 

Antonio Machado. Poema de un día. Meditaciones rurales

La gente sabe que esa monotonía que mide un tiempo vacío del que habla Machado en su maravilloso poema late por debajo de su vida, mayoritariamente urbana experiencia esporádica en los viajes al pueblo de origen aunque sea para ver como se reparte o se vende la casa familiar. La vida en los pueblos de este país se asemeja mucho, cosa que no sucedía hasta los años sesenta, y la culpable de esa uniformización o socialización formal no es sino la televisión. Hasta esos años, la gente de unos pueblos no se comparaba con la gente de otros, salvo quizá, claro, los de al lado o los de arriba o abajo. Por eso la imagen sociológica de la España rural era muchísimo más variada y compleja que esta de hoy. Bien lo pagó la cultura y el folclore arrumbados en la cuneta de la despoblación.

Los pueblos de este país, la mayoría de esos 8131 municipios, sienten esa monotonía como una cárcel interior de la que no se puede escapar. Las zonas despobladas las que más, por supuesto, pero no solo. Illán de Vacas en Toledo, tiene 3 habitantes, Salcedillo en Teruel, 8, Balconchán en Zaragoza, 9, etc. Etc. Pueblos donde el trabajo es una opción para no quedarse en casa, donde no hay sino pensionistas y en el mejor de los casos, algún niño de alguna pareja búlgara que llegue a trabajar. La soledad es la peor de las melancolías, que es el peor de los sentimientos. Pero no hay que irse a la llamada Siberia Española, la comarca de Molina de Aragón con 1,63 habitantes por km2, menos que Laponia, para sentir lo descrito por el poeta. En los pueblos la sensación es que la política no es sino un rasgo más del político, por eso las elecciones locales no son sino más que en ningún sitio, una mirada personal. Los programas electorales tienen nombre propio, se pueden llamar, Escuela, Plaza, Parada de autobús o piscina municipal. Mariano el de la Juli, Santiaguín de los pelines o Margarita la del Ángel. Gentes y cosas de todos los días que tantas veces se quedan a medias o con un uso tan esporádico que es más caro mantener que derribar. Por eso, en los pueblos, el discurso electoral es un susurro que corre por los hogares hasta las tabernas, cuando las hay, para allí, entre tute o mus y botellín, escuchar los comentarios de los cuatro que quedan y acoplarse a ello. Mientras, en la tele encendida sobre sus cabezas, los rostros de los partidos con implantación nacional desfilan apenas sin sonido como una suerte de guiñoles lejanos que no saben nada de enfermedades de las ovejas, de estufas de leña o tiempo de cerezas. Sin embargo, muchas de las oportunidades que les quedan tendrán que llegar de ellos, de la Cabeza de Partido, la Diputación o… Poco más lejos.

En esos pueblos donde no se escucha el latir del tiempo, se sabe que cada residente es un lujo carísimo para el Estado. La Justicia. La Sanidad. La Educación, cuestan mucho más que cualquier residente en una gran ciudad, donde el cardiólogo está a tiro de taxi. Y sin embargo no funcionan del todo. En esos pueblos se siente el abandono como irremediable y el futuro como una quimera. El fin de semana puede que lleguen hijos y nietos a traerles discursos generalistas, mientras, ellos, apostarán por el rostro que sonríe y se sabe de que familia viene.

Y me parece a mí que es muy pequeño cambiar la inmensidad del cielo por un buen sueldo. Mayo