La gente y el territorio 1. Madrid 1

¡Este placer de alejarse!
Londres, Madrid, Ponferrada,
tan lindos……para marcharse.

Antonio Machado. El tren

La gente sabe vivir en donde puede. A veces donde ha nacido, las menos, y otras donde termina paciendo. El trabajo y los amores suelen ser determinantes para que un sevillano termine en Sidney o un catalán en Madrid. Las historias sobre las nostalgias del terruño, la morriña, saudade o como se le diga, salpican la historia del hombre, pero también conocemos de que manera la gente es capaz de acoplarse a un lugar, su cultura, costumbres y características para terminar siendo parte fundamental de su paisaje humano. Desde mi estudio de El Rastro suelo pasar por delante del Instituto San Isidro, generalmente a la hora de comer y suelo detener mi bici en el paso de cebra de su salida. Me vuelve loco escuchar las conversaciones de los alumnos en castellano castizo. Suelo cerrar los ojos y después abrirlos de golpe para descubrir ese acento en un chaval de raza negra, una preciosa chinita de 16 o un indito del altiplano. Es un placer del que no me quiero librar ningún día. Son la revelación de que no andamos descaminados en nuestra fe en la capacidad de la sociedad moderna para superar todos los obstáculos y avanzar en la integración social de aquellos que solo vienen a enriquecer nuestra diversidad.

En 1968 y antes que se editara mi primer disco, fui contratado por Rogelio Ibáñez, hermano del gran Paco, a cantar en unos recitales que se debían dar, aunque al final se prohibieron, en el Teatro Romea de Barcelona. Era la primera vez que viajaba en avión y la primera vez que estaba en Barcelona. En aquellos días oí por primera vez una frase en medio de las frecuentes discusiones políticas que volví a oír repetidamente durante toda mi vida posterior. La última no hace una semana. En algún momento de la discusión alguien decía: ¡Es que vosotros en Madrid! Tardé bastante en darme cuenta de la significancia de la frase. No lograba entender quienes éramos “nosotros” me consideraba igual a aquellos que me decían aquello, compartía el 99% de sus ideas y miedos y deseos. No lograba identificar la diferencia entre ese “nosotros” y ellos y además, no comprendía lo que querían decir con eso de “en Madrid”. Lo cierto es que hasta ese momento, el concepto de ser o vivir en Madrid no había ocupado un milímetro de mi conciencia, no lo había pensado nunca. El concepto diferencial de vivir en un sitio u otro no había aparecido hasta entonces en mis lecturas políticas, en las novelas, en los ensayos que comenzaba a acumular, incluso en los escritos de los filósofos que leía por entonces, Sartre, entre otros y los primeros y primigenios sociólogos como Durkheim o Saint Simón. Por aquel entonces Madrid era una ciudad menor, asfixiada por el Régimen, bastante sucia, paleta y gris. Olía a gallinejas, entresijos y negritas y era incomparable con Barcelona, todo lo contrario, una ciudad cosmopolita, internacional, donde igual cantábamos, Paco, Raimón o yo, Barbat o La Maña en el Paralelo. Pero sobre todo donde se cocían asuntos que en Madrid no se veían en el horizonte.

En aquel momento, insisto, me costó comprender la frase tan repetida “Es que vosotros….No logré comprender entonces que estaba ante la verbalización de uno de los sintagmas clave para entender el nacionalismo y su capacidad para transgredir las ideas del hombre: Poner el territorio por delante del individuo, de tal manera que se convierta en Nosotros o Vosotros, en función de donde se venga o donde se coma, donde se haya nacido o a donde uno haya ido a parar. A muchos les convendría pararse con la bici en el paso de cebra a la salida del Instituto San Isidro, aunque me temo que no le encontrarían el punto.

San Isidro. Sólo Madrid podría tener un santo patrón paleto y salir indemne al cielo, dicen. Mayo