Acostumbrarse

La gente sabe su capacidad de hábito, el hombre es un bicho que ha medrado adaptándose a las circunstancias que le han rodeado en su evolución. Por ello ha conseguido no solo sobreponerse a la concatenación de enormes dificultades que se ha encontrado, sino que su condición de superviviente respecto a otras formas de vida humana, mejor preparadas física e intelectualmente, le nómina como el resistente mayor, aquel que ha persistido y evolucionado hasta el protagonismo genético actual.

En el camino evolutivo, la insistencia en el comportamiento ha determinado la eficacia vital. El hombre insiste e insiste hasta que por percusión de acción, termina construyendo una hábito que puede ser reproducido, imitado, si se quiere, porque ha determinado su éxito. Da igual que haya sido en la domesticación de las especies agrícolas salvajes a simientes tecnificadas como en costumbres sociales desarrolladas. Lo que sabemos es que los hábitos humanos se convierten en prácticas evolutivas que aseguran su desarrollo y evolución.

Solemos asociar las costumbre sociales a actitudes positivas que terminan beneficiando al grupo y resultan en metas positivas alcanzadas. Como si siempre hubiéramos sido capaces de encontrar la dirección correcta en cada ocasión. Como si solo hubiéramos incorporado las tendencias positivas de nuestro comportamiento. En definitiva, como si fuéramos tan listos y tan buenos como nos vemos. Si hemos convertido lo eventual en habitual es que somos la leche. Y si hemos sistematizado lo ocasional en cotidiano es que lo sabemos todo. Menos mal que al menos en la intimidad somos capaces de vernos tal cual parecemos y desarrollar la crítica precisa para poder seguir evolucionando.

Acostumbrarse es, desde luego, adquirir determinada cosa como costumbre, incorporarla a nuestro universo conductual y hacerla nuestra para siempre. Es la mejor de las acepciones de tomar como costumbre lo que nos sostiene. Positivismo puro. Energía para seguir adelante y medrar. Pero también es dejar de sentir, o encontrar, molesta y extraña cierta cosa o persona. Es decir, rendirse. En esa acepción, los seres humanos dejamos de encontrar ante nuestra altura el impedimento emocional que nos permite rechazarla. Acostumbrarse es en este sentido dejar de ser en parte lo que somos y plegarnos a aquello que se nos presenta de tal guisa que no somos capaces de rechazar o que de tanto tiempo que rechazamos sin resultado, nos resulte asfixiante y terminemos por dejar que se acomode a nuestro lado, que deje de formar parte de nuestros rechazos para formar parte de nosotros mismos, de nuestra propia vida.

Eso incorporó de manera mayoritaria la sociedad civil española durante el régimen autoritario del General Franco. Se acostumbró a esa vida de limitaciones vitales para el ser humano moderno de tal manera que terminó por parecer normal que los grises a caballo entraran en la aulas universitarias o que si se quería que los niños tuvieran un periodo de asueto en los veranos, lo tuvieran en campos de adoctrinamiento falangista. La sociedad civil se acostumbró a la excepcionalidad y dejó que se incorporara a su cotidianidad como si fuera inevitable. Los ejemplos se multiplican cuando se observan las sociedades polacas, húngaras, checas, bálticas, etc. En tiempos del dominio soviético. Y tantas otras.

La sociedad civil cubana precede a esta venezolana que parece haberse acostumbrado a las limitaciones sociales de sus regímenes de manera fatalista. Es la peor de las acepciones, cuando no somos sino el hábito.

Las perspectivas humanas se deshojan entre las realidades. Marzo