El mal de ombligo

La gente sabe que siendo la suma de los individuos cooperativos que la forman, su valor va mas allá al significar la resultante de las partes y por ello, una realidad superior a esa suma. La gente como modelo mental imaginado, termina dando en realidades materiales de conducta, que producen materias contantes y sonantes. Un nuevo modelo de coche que sale de la cadena de montaje, un barco que consigue llegar a puerto para cubrir su necesidad o la adquisición suficiente de placer sentada en las gradas del Wanda Metropolitano viendo ganar al Atleti. La vida de la gente se ha ido ganando en esa cooperación necesaria que ha sido posible por otra invención volutiva de creer en esa cooperación, previamente a ensayarla y perfeccionarla. A eso le podríamos poner el apellido de conducta evolutiva. En realidad hemos ido domesticando la propia subjetividad haciéndola mas gregaria y dócil, menos violenta y rebelde, lo que nos ha permitido construir sociedades alrededor de algunos símbolos imposibles de determinar y hacerlos ciertos y otros que nos han hecho definitivamente humanos, como el lenguaje.

Sin ese afán de superación de la individualidad para ponerla al servicio de la cooperación entre iguales, no hubiéramos, inventado el lenguaje aunque primero lo inventáramos para dejar constancia de realidades cuantificables. El primer ejemplo no es sino una tablilla de arcilla sumeria, de la ciudad de Urk, entre el 3500 y el 3000 a.C. de carácter administrativo y númerico. Si no era para hablar con el del al lado, no hubiera tenido sentido. Por eso a la par se desarrolla en Egipto el lenguaje jeglorífico, etc. Instrumento básico y necesario para convertirnos en seres cooperativos.

El hombre, como individuo domesticado y socializado, sin embargo, no solo no ha ido perdiendo subjetividad, que podría haber sido los más lógico, sino que, muy al contrario, mientras la socialización fue evolucionando, a la par, fue engrandeciéndose la individualidad. Cosas de este tipo al que llamamos ser humano. La evolución tecnológica nos ha ido comunicando con los demás de manera cada vez mas eficiente y rápida. Un intercambio de WhatsApp soluciona las distancias mas inverosímiles que hace nada pudiéramos haber imaginado, sin embargo, la propia sociedad civil busca asomarse a nuestra subjetividad con cada vez mayor ahínco. La publicidad, el marketing, las investigaciones sociológicas, los procesos políticos y las citas electorales nos ponen ante los demás como finalistas de ese proceso de conocimiento deseado que no es otro que saber que estamos pensando.

La realidad del uno nos pone frente a los demás y nos distancia a la vez de ellos ya que somos entre ellos pero no somos ellos. Por eso cada vez mas ensimismados en la posición subjetiva frente al conocimiento global, nos llegan los síntomas del mal de ombligo. Esa enfermedad social que nos ata a lo nuestro como esfera única. Como dice Yubal Noah Harari en su libro Sapiens, de animales a Dioses: “En la actualidad, la mayoría de los habitantes de Occidente creen en el individualismo. Piensan que cada humano es un individuo, cuyo valor no depende de lo que otras personas crean de él o de ella. Cada uno de nosotros tiene en su interior un brillante rayo de luz que confiere valor y significado a nuestra vida”

Ese valor del que Habla Harari nos subjetiviza y exige un mayor espacio para nosotros mismos, también desde el punto de vista material, creando nuestro mundo en nuestra habitación. Y como un hámster, dar vueltas y vueltas sobre nosotros mismos de manera que terminamos por inferir nuestros pensamientos y creencias a los otros, y vemos a los demás como nosotros mismos. Aunque no haya un ombligo igual a otro.

Echen un vistazo a las páginas políticas de los periódicos, verán como tengo razón.

A todas las historias breves les falta toda la verdad . Enero