Lo que se ha inventado no se puede des inventar

La gente sabe aprovecharse de la gente. Es decir, sabe como aplicar la experiencia ajena, la invención vecina, el desarrollo del otro. Sin volver a caer en lo de siempre, es decir, que toda evolución se vislumbra en el desarrollo de la comunicación, solo esta es la que enciende el motor del progreso. Cada vida acontecida se ha basado en lo que vidas anteriores dejaron para que fueran aprendidas y usadas. La frase que titula estas palabritas, dicha por Juan Luís Arsuaga, co director de Atapuerca y quizá el gran divulgador científico del último medio siglo, aporta la rotunda cazudez que las conclusiones científicas derivadas de la investigación, consiguen como en aquel cuento indio, ir resumiendo el conocimiento hasta llegar al slogan.

Efectivamente, como enuncia Arsuaga las cosas que se inventan dejan de pertenecer al inventor y dejan de poseer la posibilidad de ser retiradas de la vida. Cuando el hombre descubre algo y lo incorpora no hay quien se lo quite. Ya se que si Juan Luís lee estas palabras, me dirá que su frase debe entenderse en el contexto de la paleontología, donde la manera mas obvia de identificar una cultura es si usa los resultados precedentes. Pero como siempre pasa, al igual que con la técnica de hacer vasijas de barro o escribir estelas fúnebres o erigir dólmenes, la conclusión vale para cualquier orden de la vida del hombre, por moderna que esta sea.

Sucede, incluso, que no solo no puede des inventarse lo inventado sino a veces lo inventado es difícil de abandonarse por mejora, de forma que mantenemos vivas técnicas, usos o tecnologías que teniendo una versión mas moderna, no somos capaces de despojarnos de ellas a causa de la huella tan relevante que han producido en nuestra evolución y quedamos atadas a ellas durante años y años. La gente inventa, desarrolla, fabrica y los demás lo incorporamos y a ver quien nos lo quita.

Estamos preocupados por la irrupción del patinete eléctrico, como antes lo hemos estado por la incorporación de la bici, sobre todo las eléctricas y nos encontramos con que una vez en circulación miles de estos vehículos, necesitamos establecer unas normas que deben adaptarse al uso ya establecido y eso, siempre es mas difícil que cuando puede suceder al contrario, cuando la norma es anterior a uso, aunque en la generalidad de los casos no se da.

El Aeropuerto de Gatwick está cerrado para mas de 150.000 viajeros que se espanzurran por sus fríos suelos en fechas navideñas a causa de los vuelos de algunos drones por el espacio aéreo. Los drones no han traído bombas atómicas, ni químicas o bacteriológicas, simplemente han sobrevolado las pistas de dicho aeropuerto, impidiendo con ello que los aviones comerciales puedan despegar o aterrizar. El caos a esta hora sigue siendo tremendo y los costes consiguientes enormes, costes humanos, sociales, económicos y políticos. La facilidad de hacer volar un artefacto eléctrico, y manejarlo en vuelo hasta distancias inverosímiles ha sido elogiada unánimemente. Los drones han llevado medicinas a donde nadie ni nada que no fueran ellos podía llegar. Han avisado del riesgo de incendios en el instante mismo en que empezaban a desarrollarse o se han llevado nuestros ojos hasta el nido del águila o la madriguera del zorro para hacernos presentes en esa intimidad sagrada del animal salvaje. Sus cámaras ultrasensibles 5K y sobre todo su más que módico precio nos han paseado por lugares inaccesibles o prohibidos, maravillándonos.

Seguramente, las autoridades británicas quisieran ahora que no se hubieran inventado y dudo que algunos de los 150.000 seres humanos que esperan llegar a sus casas para abrazar a sus seres queridos y mordisquear un mazapán, piensen en comprarse uno este verano que viene, pero así son las cosas que se inventan y no se pueden des inventar.

Nos quedan infinitas melodías pendientes que nos amansen. Diciembre