La dictadura del algoritmo

La gente sabe contar, aunque sea con los dedos, y sabe también que aunque los números tienen espalda, son fiables. Lo mas fiable. El hombre se ha pasado la vida encaramado a los números, porque eso le organizó su propia vida. Empezó contando los días que pasaban haciendo marcas en la piedra haca mas de 30.000 años pero el primer sistema matemático fue desarrollado en Mesopotamia alrededor del 3.400 a. c. con base 60 y las matemáticas se desarrollan entre 1600 y 1046 a. c. En fin, que contamos cosas, animales o días desde hace mucho. Es curioso como desde hace tantos años el hombre se interesó por organizar el plural, midiendo o contando el conjunto de unidades que fueran, frente a la singularidad de él mismo. Los sistemas de organización social se desarrollan desde el conteo, para que quien tuviera, ganara o perdiera más, encontrara su lugar en la pirámide social. Esa capacidad de contar y expresar las cantidades fueron modelando la vida del hombre hasta que este aceptó medirse a sí mismo para conocer la longitud de su vida.

La historia nos avisa que el hombre ha ido haciendo un camino donde los números han proporcionado el sentido primordial de su existencia y por ello, su dependencia cada vez mayor de ellos. Hace mucho que las medidas reales fueron sustituidas por los números. Recuerdo una señora soltera que vivía en nuestra casa y que cada tanto iba al Banco a que le enseñaran su dinero, porque no se fiaba de los números que aparecían en su cartilla de ahorro. No andaba descaminada ni mucho menos Doña Guadalupe. Hemos experimentado suficientes crisis, corralitos y reveses como para saber que no se puede uno fiar demasiado. Sin embargo, la dependencia matemática solo ha hecho que aumentar a caballo de la presencia tecnológica en nuestra vida. Las cosas han cambiado una barbaridad pero sobre todo lo han hecho a tal velocidad que hoy tenemos una cantidad de gente al margen de ella en riesgo de exclusión vital. Personas que no han podido seguir la vertiginosa dinámica y se han orillado sintiéndose incapaces de seguir. Se supone que la tecnología debería ser un mecanismo para igualarnos y no ha hecho sino agrandar las brechas que otros factores sociales habían abierto. La ya tristemente famosa brecha digital se nos queda corta y lejos de esta era actual. La era del algoritmo.

Cada vez dependemos más de los algoritmos. Cathy O’neil en su libro Armas De Destrucción Matemática, avisa de cómo el Big Data, se va enseñoreando de nuestra existencia primero, y de nuestra mente, después. Cada vez nos maneja mas contundentemente sin que seamos capaces, la mayoría de las veces, de verlo. El algoritmo califica los restaurantes, los currículos, da y quita créditos y nos convierte en una sucesión numérica que toma decisiones por nosotros. Jannis Kallinikos, erudito griego en organización y comunicación intelectual, incide en que forma se sustituye cada vez mas el criterio personal por el Big Data. Los ciudadanos de hoy terminamos decidiendo lo que los algoritmos han decidido previamente pues las opciones entre las que decidimos ya han sido dispuestas en nuestra mesa por ellos. Y cada día, estamos viendo como la moderna guerra fría es tecnológica. Pero Guerra al fin y al cabo. La inclusión en los procesos electorales o en los sistemas de seguridad se pone en entredicho hora tras hora.

Nuestra cultura, salud, economía o educación es manejada por los algoritmos que nos califican y califican lo demás para que no tengamos que decidir. El célebre Mr. Chip terminará tomando forma humana, pero el vértigo del cambio de valores no heredados va dejando cada vez mas gente en la cuneta y según aumenta la velocidad, aumenta la incapacidad de recuperarles. Yo ya he puesto mis barbas a remojar.

El silencio no existe, solo vacío ininteligible. Diciembre