Palabras huecas

La gente sabe que lo que está pasando en el Congreso de los Diputados no hace sino, como debe ser, representar la calle, a ellos mismos, la gente. La gente que discute de política es cada vez menos. La política se ha desprestigiado tanto desde la mitad del siglo pasado que hoy parecería imposible, como fue posible desde 1936 a 1945, que la política tuviera un papel tan nuclear en la vida ciudadana que se pasó de las encendidas diatribas en los Congresos de Diputados de los principales países europeos, y aconsejo leer las actas del español desde 1931, a que callaran las voces y hablaran las armas. Dos guerras, la incivil española y la mundial, en las que murieron mas ciudadanos del mundo que en toda la historia conocida anterior. Y eso, demuestra que el valor de la palabra cuando tiene sentido y la presencia de la ideología en la conducta humana no se basa en especulaciones territoriales sino en el futuro del ser humano, sus condiciones de vida y su jerarquía de conciencia.

La democracia española ha cumplido 40 años y ya ha demostrado el valor de su oportunidad y hasta donde puede llegar, su llegada clausuró mas que un régimen dictatorial, inauguró una nueva forma de vivir, una nueva vida. Seguramente, para las personas conservadoras y las apolíticas que convivieron con el General Franco y sus sucesivas huestes gubernativas, ese cambio fue menor, pero para los demás, fue una transformación vital que hoy, parece inconclusa en algunos aspectos que quizá la ruptura democrática que algunos defendíamos frente a la transición, hubiera dejado solucionados, pero nunca lo sabremos.

Lo que sabremos es que al margen de insultos o desprecios personales como el de Gabriel Rufián a Josep Borrell: “Es usted el ministro más indigno de la democracia” y que probablemente, pretendía decir catalán, donde dijo ministro, los epítetos pronunciados con alevosía por las partes solo desvelan que aquel viejo dicho no ofende quien quiere, sino quien puede, en este caso no solo estarían desnudos de sentido en lo personal sino además en lo expresado. Las palabras también ofenden, no las que quieren, sino las que pueden. Por eso no solo tendemos a ponderar el insulto en la persona que nos lo dice, sino además y puede que sobre todo, lo que nos dice. Y en ese sentido, hoy en día, a estas alturas del ejercicio democrático librado por esta sociedad durante mas de cuarenta años, llamar fascista a un diputado demócrata, elegido en sufragios universales, libres, directos y secretos, es un ejercicio de vacuidad insolente, de la misma manera que acusar de golpista a quien representa en la misma institución a ideas contrarias y puede que incluso anticonstitucionales, pero elegido con la misma, exacta, legitimidad, es otro exceso verbal igual de injusto, falso y vacuo. Ninguna de las dos palabras guardan hoy en nuestro país una pizca de su sentido original. No mientras un Tejero o un José Antonio no vuelvan de su ausencia para volver a sentarse en el hemiciclo. Ambas palabras, no ofenden porque no guardan sentido. En realidad, me temo que apenas servirán para que las relaciones personales entre diputados fuera de la luz y los taquígrafos, imprescindibles para lograr el entendimiento fuera, antes o después del hemiciclo, se hagan mas difíciles y con eso se duela el propio sentido de la representación parlamentaria.

Sin embargo parecen palabras oportunas, porque están dichas en el momento justo y con la intención pensada. No parecen, como se suele decir, un calentón de los señores diputados sino que mas bien revelan qué piensa cada uno del otro, por eso a pesar de ser palabras huecas, no son baladís. Si damos por acertado el dicho aquel de que dime con quién hablas y te diré quién eres, tendríamos que decir: dime cómo hablas, con quién hablas y te diré quién eres.

Las palabras, como los pájaros, vuelan y sobrevuelan. Noviembre