España como concepto

La gente sabe  distinguir entre realidades y conceptos, y también sabe que de uno a otro a veces hay un suspiro. La gente esta habituada a escuchar los mensajes institucionales y los coloca donde debe. Ya sabe que son cosas que se dicen porque deben decirse y muchas veces solo se dicen para no decir lo contrario. La comunicación entre gobernantes y gobernados nunca fue en este país lo suficientemente fluida como en otras sociedades. Puede que el común de los españoles guarde una desconfianza histórica en los Poderes y las Administraciones. Lógico. La historia, la vieja historia de este país a penas cuenta con cuarenta años de democracia real y si apuramos, de esos cuarenta años, los primeros veinte, también son años de desconfianza, puede que por desconocimiento, falta de experiencia o incapacidad. Es cierto que algunas de las condiciones sociales de una sociedad moderna, puede que las principales y las más numerosas, sean en su mayoría complicadas de aprehender y aún más de incorporar a la conducta, de manera que seamos capaces de manifestarlas intuitivamente, casi sin pensar. Además, en esos años de bisoña democracia, los factores que la iban construyendo, pasaron todos ellos por etapas de indefinición y duda, hasta que se fueron decantando los sentimientos y las ideas. Reflejado en los partidos políticos, los programas electorales de todos los que intervinieron en el juego político en aquellos años fueron cambiando de manera sucesiva hasta defender posturas tajantemente distantes de las que se defendieron en los prolegómenos. Algunos partidos más que otros, claro, sobre todo los que se formaron en aquellos tiempos e incluso alguno de los históricos que mudaron radicalmente sus fundamentos en un ejercicio de acomodación a la gobernación, como el PSOE.

Puede que desde aquellos lejanos años de la famosa transición, no se haya puesto en cuestión ante la sociedad civil, la realidad del Estado español y el concepto de España. El país, España, mantiene unos indicadores institucionales que objetivamente van construyendo un Estado cada vez más consolidado en los órdenes fundamentales, el económico, el internacional, etc. Parece como si una parte del estado trabajara al margen del mismo, puede que persiguiendo sus inmediatos y legítimos beneficios empresariales, pero sin duda construyendo país.

Por el contrario, el concepto España se tambalea entre las pulsiones nacionalistas independentistas explícitas y las contenidas, y los viejos y rancios esquemas heredados de la época pre democrática. Parecen coexistir conceptos diferentes y antitéticos de lo que es este país. No aparecen como en otros casos de otras naciones, señales que nos sustenten en los grandes hitos históricos. Mientras en otros países deben forzar los logros del pasado efímero para establecer una dignidad e identidad nacional, en España, no existen, mejor dicho, existen, son objetivos, pero son ignorados por la inmensa mayoría de la sociedad civil. Nadie reivindica aquí los grandes asuntos por los que transitaron las gentes de nuestro pasado y las gestas realizadas. La sensación es que la desconfianza de la que hemos hablado antes, hace que nadie logre identificarse con ello. Puede, incluso, que la enorme magnitud de estas gestas impidan en si mismas identificarse con ellas por desproporcionadas.

La sensación es que el país va por delante de su concepto. Y cualquier referencia a valorar lo español se toma como una debilidad. Las buenas noticias sobre las actividades deportivas, culturales, económicas, científicas o sociales de los españoles son noticia de cada día en los medios de comunicación, sin embargo se dicen algo de tapadillo como decía mi madre, y se oyen de medio lado. Se ve que nuestro concepto de España, más que un pedestal, es una losa.

¡Como nos cuesta creer en lo que creemos! Octubre