La losa

La gente sabe  que los paleo antropólogos y Arqueólogos que trabajan sobre el tránsito entre las especies arcaicas de homínidos hasta esta nuestra viviente del hoy tan ajetreado, buscan las claves precisas para poder evaluar el grado de desarrollo de los yacimientos que exploran. Según sea de evolucionado el legado, empezando por el genético o el botijo, pueden elucubrarse otras perspectivas sobre ellos. También saben que cuanto mas sepan de aquellos, más podrán averiguar de nosotros. Pues bien, si algo les dice a los científicos quien era Ardi, un australopithecus afarensis de 3.2 millones de años de edad, quienes eran los tipos de la garganta de Olduvai u Oldupai con Lucy a la cabeza, los homo antecessor de Atapuerca, o la joven encontrada en la cueva Denisova en Siberia, hija de madre neandertal y padre denisovano, no es otra cosa que sus relaciones simbólicas y de estas, quizá la que mejores datos aporta es el tratamiento fúnebre a los suyos. Los rituales respecto a sus muertos nos han dejado dicho con claridad cuál era el grado de desarrollo y conciencia social que tenían. Esa conciencia es herencia en todas las culturas conocidas. En todas ellas el tránsito de la vida a la muerte es revelador. El respeto a los muertos y las ceremonias con las que se despide al difunto comparten el carácter litúrgico, ritual. Desde el valle de los reyes, con tumbas repletas de sirvientes y amigos, comida, bebida, mascotas y joyas, hasta la tumba del emperador Qin Shi Huang con sus 8.000  guerreros de Terracota, las tumbas romanas, las aztecas, las vikingas, o las del cementerio civil de Madrid, en todas ellas, los deudos del difunto se empeñaron en festejarle y proveerle de sus cosas más queridas y sus personas de confianza para allanar el camino hacia sus correspondientes Paraísos.

Parece claro que los seres humanos queremos enterrar a nuestros muertos a nuestra manera, con una tendencia megalómana evidente.

En la basílica del denominado Valle de los Caídos, está enterrado el General Francisco Franco, quizá el último gran autócrata muerto en su cama, sentado sobre el poder tomado por la fuerza de las armas militares y el dinero de las oligarquías, al gobierno democrático de la II República, forzando a una guerra que se supone costó un millón de muertos, las mas incivil de las guerras civiles, y una represión posterior que ha dado en una lista de fusilados al amanecer de más de 250.000 presos, hacinados en el primer agujero que les hicieron cavar, con Federico García a la cabeza. Franco está enterrado junto a más de 34.000 cuerpos que en el libro de registro de la propia Basílica, en su inmensa mayoría, aparecen inscritos como “Desconocido”.

La iniciativa de exhumar al dictador llega como tantas otras cosas de aquella bendecida Transición, cuarenta años tarde. Cuarenta años de cobardía e ignominia. En ningún país del mundo civilizado se toleraría usar un edificio público como aquí para eso. La iniciativa llega demasiado tarde como se supone que llegará la Ley de Memoria Histórica.

La tumba de Franco es una losa de vergüenza sobre la sociedad civil española que debe liberarse de ella. Libre es la familia del dictador de enterrar a su antepasado donde y como quiera, pero en privado. Ni más ni menos que lo que quisieran hacer los familiares de esos 250.000 hombres y mujeres que por defender la democracia y el gobierno legítimo, fueron asesinados y arrojados como animales a las fosas comunes, que hoy están casi en su totalidad identificadas y localizadas, a la espera de ser igual de importantes que el dictador que ordenó su muerte y al igual que él, ser exhumadas para que sus familias, puedan enterrar a sus muertos.

A cada muerto su ofrenda. Septiembre