Sin aceptar la realidad, nunca vamos a saber cómo arreglarla

La gente sabe y algunos, de memoria, repetir el poema que recita Segismundo en la jornada III, escena XIX de La Vida es Sueño del enorme Pedro Calderón de la Barca, donde explica al final de la primera estrofa: Y la experiencia me enseña que el hombre que vive, sueña lo que es, hasta despertar. En el poema sueña el rey, sueña el rico y sueña el pobre y sueña él mismo en prisión para acabar la última estrofa con aquello tan repetido de: ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y que el mayor bien es pequeño; Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Seguramente en ningún lado se retrata con mayor precisión el ánimo del alma humana. Dispuesta a admitir la ficción consecuente de sus deseos. De la misma manera que Segismundo sueña en prisión estar libre, el ser humano se pirria por lo que pueda alimentar sus sueños.

Es posible que la realidad social del entorno de Calderón, el Siglo XVII y en los insólitos 81 años que vivió era la que era y eso quiere decir que la vida terrenal no guardaba las lindezas suficientes como para pretender a toda costa seguir viviéndola, y menos, desde luego en las clases populares, aunque la miseria física terminaba alcanzando a ricos y pobres. Y quizá por ello, cualquier ensoñación les asomaba a un nuevo mundo imaginario en el que redimir las cuitas de este.

Sin embargo, la vida moderna, al menos en su versión desarrollada, en esta Europa avanzada, para la gran mayoría de la población se parece bastante a aquella soñada por Segismundo y seguramente muy por encima de sus expectativas, con placeres al alcance de casi todo el mundo que no hubiera podido imaginar. Pero, en contra de lo que él hubiera podido comprender, su queja en verso desde la prisión sigue siendo común en el común de los mortales: El hombre sigue soñando.

La economía, la bio medicina, la tecnología, la robótica, la genética moderna, las redes sociales, etc. imponen su realidad día a día y van haciendo realidad los sueños más osados y cada vez más reales. Y no hay nada más tozudo que los hechos como dejó dicho Aristóteles. Sin embargo, una mirada a cualquiera de las secciones de un periódico, este mismo, revela una enorme cantidad de ensoñaciones. Sueñan los conservadores xenófobos de Centroeuropa con países puros genéticamente hablando, sueñan los islamistas radicales con imponer su credo en el mundo entero, sueñan los ingleses eurófobos con vivir mejor aislados, sueña Trump con unos Estados Unidos que solo hablen inglés, sueña el PP con reverdecer a Aznar y reconquistar Cataluña y sueñan los independentistas catalanes con una Arcadia payesa donde solo se oigan los versos de Espriu y poder ser libres para dejar de echar las culpas a Madrit. Pero claro, los sueños, sueños son. Y no arreglan nada. Con todo lo que hay que arreglar.

La tozudez de la realidad no debe llevarnos a evadirnos de ella con ensoñaciones, infantiles, todas. Durante muchísimos cientos y miles de años, no supimos lo que pasaba en otros lugares sino de forma vicarial y trasnochada. Hoy sabemos que lo que nos pasa a nosotros le sucede también a la mayoría de los humanos, sean verdes, islamistas, negros, conquenses o inspectores de trabajo. En Europa, además, contamos con un proyecto que empezó por fundarse sobre el mercado del carbón y del acero. Pura realidad. No vale con alarmarse por las derivas conservadoras en determinados territorios, las amenazas disgregadoras, las posturas populistas, las actitudes excluyentes. Tenemos que aceptar la realidad y ponernos a ver cómo la arreglamos, porque sin aceptar la realidad, nunca vamos a saber cómo arreglarla.

Todos los rostros se asoman tras las cosas, por insólitas que parezcan. Julio