La cocina sociológica

La gente sabe en carne propia lo poco que ha contado en la historia. Pan y circo en el mejor de los casos en Roma, donde más contó, fundamentalmente, claro, en la época republicana, con los Césares volvió a no pintar nada y así siguió porque no se conoce época histórica en la que la gente haya estado en el centro de los acontecimientos hasta la invención de la guillotina. No fue sino en la revolución francesa con la autoproclamación del Tercer Estado como Asamblea Nacional en 1789 y hasta el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte en 1799 que los ciudadanos, la gente, protagonizó la historia. Apenas diez años de protagonismo, eso sí, bien ruidosos y definitivos. Hasta ese periodo, la salud de una Nación se medía por la categoría de su monarca o su aristocracia, solo ellos contaban, los demás no sabían contar. La historia, por tanto, no le pertenece a la Sociedad Civil sino hasta que los paleo antropólogos primero y los arqueólogos después, empezaron a depositar la mirada en las pequeñas cosas que nos quedan de nuestros ancestros y es desde esa mirada que se puede reconstruir su vida cotidiana. ¿Pero a quién le importa la vida cotidiana? La historia se asoma desde las guerras, las conquistas, los enfrentamientos civiles, etc.

El Estado de Derecho sobre todo en su forma de República desde aquella Asamblea de 1789 es quien se basa en la gente y es desde la gente que construye su estructura de poder. Los ciudadanos que en sus diversas formas de participación en los procesos electorales eligen a sus representantes. Otra cosa será la calidad de ese proceso en el que hay tantas piedras en el camino y tantas chinas en los zapatos que muchas veces alumbran una sociedad democrática formal y poco más. Débil, enfermiza y apocada que apenas encuentra la manera de recuperar los caminos para ejercer su participación efectiva y eficaz. La Historia de la gente es la contemporánea la que guarda la soberanía de los Estados y periódicamente tiene la oportunidad de corregir sus decisiones, por eso es trascendental medir su salud porque en ella se resume cualquier tipo de salud o enfermedad política.

El pensamiento contiene el pensamiento social y este da en la Sociología en sus diversas corrientes. Supuestamente somos por tanto los sociólogos los instrumentos fundamentales para establecer el mejor diagnóstico social y en los mecanismos que utilizamos e innovamos radica la clave del proceso. Parece sencillo: Preguntemos a la gente, contemos sus respuestas y publiquemos los resultados. Pero la realidad es otra. La gente se suele preguntar fundamentalmente en épocas electorales que es cuando hay mayor presencia de estudios de opinión por las enormes diferencias que suelen verse entre ellos. ¿Si se le pregunta a la misma gente la misma pregunta cómo puede eso dar en respuestas tan dispares?

Siempre he mantenido que hay que mirarle la espalda a los números porque de la misma manera que muestran unas cosas, por detrás pueden ser significativamente distintas. Es lo que se llama Cocinar la encuesta. Buen acierto ahora que cocinan en la TV las madres, los niños, los yernos, las suegras y pronto el vecino del 5º. Efectivamente todo es interpretable y los resultados numéricos también, por mucho que a algunos les cueste creerlo. Cada gobierno nuevo cambia al instante al director de los medios públicos de comunicación y al director del Centro de Investigaciones Sociológicas. Controla con ello esa Cocina donde meter la pata es una condena de vida. El control culinario de los estudios periódicos del CIS hace evolucionar y respaldan o descalifican la acción política, suelen llamarse las barbas del vecino. Porque es cada vecino quien en la suma de sus respuestas califica el proceso y  relata lo que pasa, pero sobre todo avisa de lo que tiene más probabilidades de pasar. Por eso son tan importantes. Y por eso se hace guardia donde se cocinan. Es bueno saber que puede pasar. Hasta que pasa lo inesperado.

Las voces dejan su firma en el eco que constata su presencia. Julio