El personal-nacionalismo

La gente sabe que el Poder tiene nombre de pila y apellido. Al menos desde las primitivas formas de integración asamblearias en su origen a las últimas de este 2018, el Poder se asimila a un líder que representa personalmente esa ostentación. Todas las formas políticas comparten esta característica fundamental. No importa si hablamos de Amenofis III, Julio César, Alfonso VI o el rey Lear. No necesitamos nombrar a los Hitler, Franco, Musolini, De Gaulle, Aznar, Felipe González, etc.

A día de hoy, hablar de Ciudadanos es hablar de Albert Rivera, referirnos a Podemos es hacerlo con Pablo Iglesias, aunque hay que reconocer que a pesar de todo, la simbiosis PP-Rajoy se queda algo ambigua.

Los  movimientos políticos tienen una estrecha relación con los  nombres de sus fundadores, refundadores o renovadores. En algunos casos, los más pedáneos, la relación identitaria dura lo que la vida de autócrata, aunque se denomine dirigente, o compañero, pero en otros casos perdura para siempre, es el caso del marxismo, del gaullisme, o del franquismo por no continuar. Los movimientos que llevan su nombre derivado de su líder mantienen una vigencia superior a los otros por razón a que su denominación tiene mayor pregnancia, se recuerda durante más tiempo y su simbología está inventada. La imagen del prócer lo identifica con prontitud.

En general se trata de movimientos incipientes con un elevado índice de promesa de cambio y que se adoptan con rapidez y entusiasmo. Muchos de ellos vienen a dibujar un presente omnioso, donde las realidades sociales son sistemas en descomposición y vienen  a anunciar una regeneración salvadora. Casi todas ellas vienen a prometer un futuro mejor y  su carácter generalmente mesiánico hunde sus pies en el barro del hartazgo social, dispuesto a apostar por lo que sea que mejore la situación, aunque solo sea de momento en el nivel de las promesas.  Y es que la gente necesita promesas, necesita que alguien le cuente que hay algo mejor que su realidad y que es alcanzable no a muy largo plazo. “Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares” según la RAE: Populismo.

Entre todos los populismos posibles y dado que estos se basan en prometer sensaciones a futuro, los más consecuentes con este paradigma de Alicia en el país de las maravillas, son los nacionalismos que ganan por goleada. Porque los datos corrientes pueden evitarlos en aras del sentimiento así es que lo que importa no son los números y sus relaciones sino aquello que se siente y que se convierte en razón pura y suficiente para justificar la praxis política. Los nacionalismos enarbolan banderas ante balances contables e informes jurídicos pues lo importante solo está en el sentido de pertenencia a un territorio y una cultura, por leve o joven que sea, por eso los líderes mesiánicos por antonomasia son los nacionalistas que cuentan ovejas.

Los líderes nacionalistas una vez que han conseguido que las clases populares se sumen a sus presupuestos, consecuentemente, identifican el movimiento con su persona y realizan en la misma ensoñación sus futuros políticos y personales.

Por no ir demasiado lejos, lo hizo Sabino Arana con el nacionalismo vasco. Lo repitió Francisco Franco con el supuesto nacional catolicismo español y digo supuesto por ser el más evanescente y lo repite ahora con el mismo mesianismo Carles Puigdemont hasta el punto de sostenella y no enmendalla a costa del futuro de cinco millones de personas en primera instancia, que son catalanes y de otros cuarenta millones que no lo son, pero también pagan por ello porque con sus impuestos financian un Estado de Excepción en Cataluña que cuesta una pasta y que si tuvieran que sufragar solo las cuentas catalanas, ya estarían en banca rota.

El caso es que a 19 días del límite para volver a convocar elecciones, la política catalana y la española están empantanadas por la cerrazón de un señorín que se cree el rey del Mambo. Y a la vista de los hechos puede que termine siéndolo. Y los demás a tragar.

 Nada nuevo bajo el sol. ¿Pero bajo la sombra? Mayo