Euskal Herriaren Eguna

Urretxu/Zumárraga 9 de marzo de 2018. Iparragirre Saria

La gente sabe la capacidad que tiene para cambiar las cosas. Puede que parezcan inamovibles, predestinadas a continuar siendo lo que son y de pronto, cambian las miradas de unos, provocan el cambio de las miradas de otros, se empiezan a descolgar pendientes, se dejan crecer flequillos, empiezan a ser ocupadas las aceras. Primero en silencio, cautas como las noches ocultas, después más llenas y sonoras, por fin un saludo vuelve a sonar como un látigo insolente entre las piedras. Las esquinas de dolor contienen la respiración y una respuesta escueta, susurrada, pero en voz viva: Agur. Responde. De pronto lo roto comienza a recomponerse, los ojos suben del asfalto a su altura natural, quien no iba, va y quien no venía viene, se acoda, y pide un botellín. Igual en Euskera, puede que en castellano, nadie mira al lado en ningún caso suene uno o el otro. Llega el botellín como un estandarte rendido y sube a la boca el gollete como la mejor de las excusas. Aposta se despide en castellano a ver qué pasa: ¡Adiós eh! Agur le contestan, Seguir bien traducen del euskera a la lengua de Cervantes. La puerta se cierra ante unos y tras el otro. Como si nada hubiera sucedido aunque haya sido un trueno treinta años esperado.

Aquello empezó no hace mucho, unos pocos años y el viernes 9 de marzo del 2018 la plaza de Urretxu, donde sigue campeando la estatua del bardo Iparragirre. Símbolo de las divisiones seculares, luce completa. Todos sus balcones muestran sus rejas, no hay crespones. Las banderas ondean dentro y los lazos negros se guardan en los retratos encima del aparador. Pero allá solo la tarde se va ocultando. Nadie aguarda la sombra, todos han ido saliendo a la luz a sus cosas y todos los ojos vuelven a mirar a los ojos. No hay excusas explicitas. No parece necesario, después de aquellos treinta años, no es preciso explicar las cosas. Todo el mundo sabe en donde esta cada uno, pero se deja espacio al lado para quien quiera moverse y dejarse de bajezas disfrazadas de memoria.

Urretxu y Zumárraga son el corazón de Euskal Herria, el muestrario completo de los últimos cien años del país. Allí se fueron juntando los maketos de Extremadura o León con los baserritzales, los caseros que llevaban allí toda la vida. El trabajo. La faena, los unió y los ha vuelto a unir. Nadie mira al lado en Urretxu o Zumárraga, no hay ningún bar proscrito, ningún txoko a evitar. La vida ha vuelto a pasear por la plaza como si tal cosa. Los dolores pasados se han empezado a ir por el desagüe de los fregaderos, hay empleo y los días de mercado todos compran las mismas verduras que traen los caseros del monte.

De pronto un viernes, se entregan los premios Iparragirre de poesía y narrativa en castellano y euskera y los distintivos a los bertsolaris.  Es un día de fiesta. El salón del Ayuntamiento de Urretxu está lleno a rebosar. Comienzan las intervenciones, castellano, castellano, euskera, castellano, euskera, euskera, euskera, castellano…. Los niños pequeños de los presentes juegan e interrumpen, tres negritas adoptadas parlotean su primario euskera. Este año empezarán con el castellano dice su madre adoptiva. Se entregan los premios y uno, termina cantando al hombre que llevó la cultura euskalduna a la mayor internacionalidad en el siglo XIX y que sin embargo, como tantos, fue olvidado y hoy recuperado. Iparragirre pasó su vida en tierra de nadie pero ha vuelto a su pueblo que ya es tierra de todos. La verdad fue un auténtico Euskal Herriaren Eguna, El día del país vasco. Aunque fuera viernes. 

El euskera se asoma por el castellano desde las glosas emilianenses pero se renueva cada día. Marzo