Credibilidad y credulidad

La gente sabe que hay personas que despiertan entre sus semejantes sentimientos suficientes para otorgarles su credibilidad. La cualidad de lo creíble. Y no es fácil. Seguro que cuando alguien manifiesta su opinión sobre algo, lo primero que se piensa es la cercanía que tiene con lo que manifiesta. Muchas personas tienen el impulso de opinar sobre lo que les da la gana sin tener muchas de las veces la mas mínima experiencia sobre el asunto. Es verdad que no suelen ser asuntos de calado sino más bien de barra de bar, como saber de fútbol o asuntos muy populares para los que el vulgo piensa que no hacen falta muchos sesos para poder opinar. De cualquier manera, la cualidad de lo creíble esta sustentada por el prestigio ganado por quien nos cuenta el asunto. Creemos a quien nos ha demostrado independencia de criterio y experiencia, por ejemplo. Creemos a quien nunca nos ha defraudado. Por eso decimos que creemos a pie juntillas. Lo que viene a significar que creemos sin asomo de duda en lo que nos dicen. Pero insisto, no es fácil. Para empezar tienen que darse algunas confluencias como que quien asegura el asunto tenga nuestro reconocimiento como experto, segundo que tenga el prestigio y el presupuesto de veracidad y tercero que todo eso lo sepamos nosotros por nosotros mismos. Otorgamos credibilidad a quien nos ha demostrado personalmente, según nuestra experiencia, que la tiene. No vale que nos lo asegure un tercero. Es una opción que se deriva de la acción personal. Una creencia. Y además es una cualidad mas ligada a la altura del carácter que a la experiencia debida. Nos fiamos mas de la persona que de su conocimiento. Si alguien nos dice que una cosa es tal cual y tiene nuestra credibilidad, el asunto está zanjado.

Hay oficios desde los que se posee mayor opción a ser creíble. Los médicos, los profesores, los familiares, los amigos. El asunto de las opciones bancarias, por ejemplo, pudo llegar a donde llegó por la credibilidad que ante los ahorradores de una sucursal bancaria tenían sus gestores conocidos, quienes les pagaban la pensión o les cobraban el recibo de luz. Gentes que sabían como se llamaban y a quienes se llamaba también por sus nombres. Pero aquello salió como el rosario de la aurora. Porque hay personas dispuestas a creer con facilidad lo que les cuentan y a eso se le llama credulidad.

Hay oficios que parece imposible que transmitan la credibilidad suficiente por elemental que esta sea. Los políticos, por ejemplo. La gente no suele fiarse mucho de lo que dicen casi ninguno de ellos y puede que sea porque, como decíamos, no les conocen personalmente. Sin embargo, esto cambia cuando se da la circunstancia específica de que el político cuente lo que el oyente quiere oír. En ese supuesto las cosas cambian radicalmente de manera que el objetivo se aleje de la objetividad y se acerque al cálculo estratégico. La guinda la pone que a la instalación de negar aquello de piensa mal y acertarás se une que la fuente este desacreditada pero tenga un discurso que espere el convencido.

Hace mucho que Cataluña se instala como laboratorio social para los sociólogos que pasamos, es verdad, mucho tiempo pendiente de lo que sucede allí y no podía ser menos en este tema que nos toca hoy. Políticos desacreditados, encausados o huidos de la Justicia democrática instalan sus discursos en las filas nacionalistas con una facilidad sorprendente y una eficacia máxima. No importa que hayan renunciado dos veces al nombre del Partido en una huida con sus sedes embargadas. La gente nacionalista cree con facilidad lo que les cuentan y los ejemplos palpables de lo que pasa, no consigue que se siga apostando porque vuelva a pasar lo mismo. Es que la credulidad es obcecada.

Nada de lo que importa se despierta mas tarde de las ocho de la mañana. Enero.